El gobernador y el soldado (1ª Parte)

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El gobernador y el soldado

Como ya dijimos, después de su aventura con el escribano, el «Gobernador Manco» comprendió por fin que tenían razón los que le acusaban de albergar, dentro de la fortaleza de la Alhambra, a muchos pillos y truhanes, que se enriquecían con tráficos poco legales y con contrabandos. Y, así, decidió poner fin a todo aquello con el ímpetu y la decisión que le caracterizaba, arrojando de sus dominios a nidos enteros de vagabundos y también a muchas familias de gitanos. Al mismo tiempo, ordenó a sus soldados que continuamente patrullasen por los caminos y senderos de los alrededores, a fin de evitar que ningún maleante pudiera regresar.
– ¡Detened a toda persona sospechosa y conducidla de inmediato a mi presencia! -le dijo al capitán que los mandaba.
Durante varios días no hubo novedad alguna. Pero una mañana clara y luminosa, una patrulla, a las órdenes precisamente del viejo cabo, por cuya causa se armó todo el alboroto con el escribano y que tan a punto estuvo de perder la vida, estaba descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, junto al camino que baja desde la montaña del Sol, charlando y bromeando, cuando repentinamente el trompeta, que también formaba parte de la patrulla y que se distinguía por poseer un oído extraordinariamente fino, les mandó callar con un gesto.
– ¡Oigo las pisadas de un caballo que se acerca! – afirmó.
Y, en efecto, al poco rato apareció por un recodo del camino un hombre joven y robusto que vestía un andrajoso y deshilachado uniforme de soldado de Infantería, llevando por la brida a un magnífico caballo árabe, ricamente enjaezado a la antigua usanza mora. Mientras avanzaba, iba entonando con voz recia una vieja canción guerrera.
El cabo, pensando que era bastante anormal que descendiera de una montaña solitaria y también que su aspecto fuese tan desastroso, como magnífico y rico era el del caballo, se adelantó y le dio el alto.
– ¿Quién sois? -le preguntó.
– Un amigo.
– No me basta. Decidme vuestro nombre y también de dónde venís y a dónde os dirigís.
– Soy un pobre soldado que vuelve de la guerra, maltrecho, cansado… ¡y con la bolsa vacía!
Los soldados rodearon con curiosidad al joven y así pudieron contemplar a sus anchas el parche que llevaba sobre la frente, así como su barba, advirtiendo que sus ojos tenían una expresión viva y pícara.
Una por una, siguió contestando con tranquilidad a cuantas preguntas le hizo el cabo. Pero, al fin, fue él quien preguntó, a su vez:
– Y ahora, ¿puedo preguntamos yo, señor cabo, qué ciudad es esa que veo al pie de la montaña?
– ¡Cielos! ¿Qué ciudad es esa, preguntáis? -se asombró el cabo-. ¡A fe mía que jamás se me hubiera ocurrido que lo ignorarais! ¿Es posible que un hombre que desciende por la montaña del Sol, pregunte cómo se llama la ciudad de Granada…?
– ¡Granada! ¡Parece imposible! -se asombró a su vez el soldado, como si el hecho de hallarse en tal lugar le maravillase extraordinariamente y fuese para él algo inesperado.
– Granada, desde luego -corroboró el trompeta-. Y aquellas torres que allá puedes ver, son las de la Alhambra, a cuya guarnición pertenecemos.
– En tal caso, llevadme a presencia del gobernador. Tengo importantes revelaciones que hacerle -dijo entonces el desconocido.
– ¡Desde luego que te llevaremos a su presencia! -afirmó el cabo-. A pesar de que has respondido a todas mis preguntas, hay algo en ti que me inspira sospecha. Por eso muy pronto estarás ante él y podrás contarle cuanto desees.
Inmediatamente dos de los soldados se colocaron a ambos lados del desconocido, mientras el corneta cogía las bridas del magnífico caballo y así se puso en marcha la comitiva, conducida por el cabo.
Lo mismo aquel desharrapado soldado de infantería que su hermoso y ricamente enjaezado caballo, llamaron la atención de todos los habitantes de la fortaleza. Y así todos los que en aquellas horas no tenían demasiado quehacer, siguieron a la comitiva.
– Sin duda alguna es un desertor -afirmaban algunos.
– Más bien parece un contrabandista… -aseguraban otros.
– Quizá es algún temible bandido… – sugerían los jóvenes y las mozas.
Y así hasta que la escolta y su prisionero penetraron en el interior del palacio.
El «Gobernador Manco» se hallaba sentado en una de las pequeñas salas interiores de la Alhambra, saboreando su chocolate de todas las mañanas, acompañado por su confesor, un piadoso fraile franciscano y le servía una hermosa joven malagueña de grandes ojos negros, hija del ama de llaves de la fortaleza.
– Hemos detenido a un sospechoso, señor gobernador le dijo el cabo, entrando en la sala y después de saludar respetuosamente al fraile-. Mis hombres están custodiándole en el patio interior, en espera de que me ordenéis lo que con él debo hacer.
Al instante el gobernador se levantó de su silla e indicando con un gesto a la criada que ya podía retirar las bandejas y los platos que había sobre la mesa, se ciñó la espada que había dejado apoyada sobre un mueble, tomó asiento en una silla de ancho respaldo y ordenó al cabo que al momento introdujera al prisionero en su presencia.
Pocos minutos después, el desharrapado soldado, entraba en la sala, siempre custodiado por los soldados que le habían detenido. Pero a pesar de su aspecto mísero su mirada era firme y altanera, y su aspecto decidido y muy seguro de sí mismo.
– Mis soldados te han considerado sospechoso -afirmó el gobernador-. Dime quién eres y justifica tu presencia en las tierras de la Alhambra.
– Soy un pobre soldado que acaba de llegar de la guerra, maltrecho y con la bolsa vacía -contestó el prisionero. Y añadió-: Eso mismo les dije a vuestros soldados, cuando me detuvieron en el camino.
– Un soldado…, ¡vaya, vaya…! Y un soldado de Infantería por lo que puedo ver en vuestro uniforme… Pero me han dicho que traes contigo a un hermosísimo caballo árabe, ricamente enjaezado. Lo ganaste en la guerra, supongo. Así que no eres tan pobre como afirmas, pues tal caballo vale más que una bolsa repleta.
– Si me lo permite, señor, me gustaría relataros algo realmente maravilloso y extraordinario, que incluso puede afectar a la seguridad de esta fortaleza y también a la de toda la ciudad de Granada. Pero debo contároslo a solas o a lo más, en presencia de alguna persona que merezca vuestra confianza y que sea reservada y discreta.
El gobernador meditó unos instantes y ordenó al cabo y a los soldados que se retirasen, pero manteniéndose junto a la puerta, por si necesitaba que intervinieran. Después dijo, dirigiéndose al detenido:
– El fraile es mi confesor; en su presencia puedes decir todo cuanto quieras. En cuanto a esa muchacha, su madre me sirve con sin igual fidelidad desde antes de su matrimonio y ella nació entre estos muros y es extraordinariamente discreta y reservada. ¡Habla pues!
Desde que entró el soldado había reparado en la singular belleza de la muchacha que remoloneaba por la habitación, fingiéndose entretenida en algunos quehaceres, para poder enterarse de cuanto allí ocurría, no puso objeción alguna a las palabras del gobernador.
– Ningún fraile puede merecer la menor desconfianza por mi parte. Y tampoco esa joven, si vos respondéis por ella.
Y así, en cuanto los soldados precedidos por el cabo se hubieron retirado cerrando tras ellos la puerta, el prisionero con una facilidad de palabra y un dominio del lenguaje muy superior a los que suelen tener los simples soldados, comenzó a decir:
– Soy un pobre soldado, ya os lo dije, que luchó con valor junto a su rey y en defensa de su patria, recibiendo más de una herida. Cuando conseguí por fin la licencia, que de justicia me pertenecía después de tantos años de servicio, me separé del ejército, acampado en Valladolid y emprendí a pie el camino de regreso a mi pueblo, que es uno de Andalucía. Y llegué ayer por la tarde a una árida región de Castilla la Vieja…
– ¿Castilla la Vieja, dices…? -le interrumpió el anciano gobernador, indignado-. ¿Pretendes burlarte de mí, acaso?. Si así es te costará caro. ¿Cómo quieres que creamos tus palabras, si afirmas que de ayer a hoy has recorrido casi cien leguas de camino…? ¡Eres un embustero!
– Aunque, en efecto, haya más de cien leguas de camino entre el punto en que me encontraba ayer por la tarde y la ciudad de Granada, no soy un embustero, señor -contestó con toda tranquilidad el soldado-. Eso es sólo una pequeñísima parte de tantas y tan extraordinarias, como ciertas maravillas, que seguiré contándoos con vuestra venia.
– Bien, bien, adelante con tu relato, pues -contestó el gobernador.
Y el soldado siguió hablando:
– Como os decía, caía la tarde y busqué con la mirada algún lugar en el que poder pasar la noche, pero no vi nada. Apresuré el paso, todo fue inútil. Era ya noche cerrada y yo todavía no había encontrado ninguna casa u hostería en la que poder pedir albergue. Por fin me dije que no tendría otro remedio que pasar la al aire libre, teniendo como almohada mi mochila y a las estrellas por techo. ¡Pero eso no es problema para un soldado! Vuestra Excelencia, señor gobernador, lo sabe muy bien, siendo como es un antiguo militar que hizo gloriosas campañas.

Al gobernador le halagó mucho que el joven mencionara su antigua condición de soldado, de la que tan orgulloso se sentía, e hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
– Y tal como pensé, lo hice. Pero después de haber estado un rato acostado sobre el suelo, advertí que la intensa sed que sentía, no me permitía conciliar el sueño. Así que, recogiendo de nuevo mi mochila, seguí mi camino hasta llegar a un puente, que cruzaba un barranco que servía de cruce a un riachuelo, casi completamente seco por falta de lluvias y por exceso de calor. Y, al otro extremo del pequeño puente, divisé una antigua torre morisca, medio en ruinas. Lo crucé y al llegar frente a la torre advertí que una de sus bóvedas inferiores, estaba completamente intacta. «¡Este es un lugar estupendo para pasar la noche!» me dije, apresurándome a bajar hasta el arroyuelo donde pude apagar mi sed con varios sorbos de agua fresca y extraordinariamente pura. Seguidamente, allí mismo, junto al arroyuelo, me dispuse a cenar algunos mendrugos de pan seco y un par de cebollas que llevaba en la mochila, contento al pensar que, por fin, había encontrado un buen techo bajo el que poder pasar la noche y satisfecho también por haber podido apagar mi sed. ¡Eso es mucho más de lo que un soldado puede pedir, en muchas ocasiones!
– En efecto -asintió el gobernador-. En mis tiempos hubo muchos días en que cenas como esa que tú hiciste y albergues como el que tú encontraste, no me atrevía yo a soñarlos siquiera.
-Pues bien, señor -prosiguió el soldado-. Estaba royendo mi pan, cuando oí unos ruidos que provenían del interior de la bóveda. Escuché y advertí que eran las pisadas de un caballo que se acercaba. Y, al poco rato, por una puerta abierta en uno de los lados de la torre, junto a los, cimientos mismos y tocando casi al arroyuelo, apareció un hombre conduciendo por la brida a un caballo que me pareció muy fuerte y fogoso. La oscuridad de la noche no me permitió ver al hombre, apenas si podía distinguir su silueta. «Puede ser un caminante como yo -me dije- pero también puede ser un bandido o un contrabandista». Pero eso no me preocupó. Nada tenía, por lo tanto, nada podía temer, por eso seguí comiendo mi mendrugo de pan, con toda tranquilidad. El hombre, que no parecía haber advertido mi presencia, se acercó hasta el arroyo para dar de beber a su caballo y entonces pude verle y, con gran sorpresa, observé que era un moro, vestido como un guerrero, con coraza y casco, cuyo acero lanzaba reflejos a la luz de las estrellas. También el caballo iba enjaezado a la usanza mora, con mucha riqueza, y en cuanto inclinó la cabeza sobre el agua del arroyuelo, comenzó a beber tanto que casi creí que iba a estallar.
No pude contenerme y entablé conversación.
¡Parece que vuestro caballo tiene mucha sed, amigo! ¡Vaya modo de beber! -dije.
El moro, me contestó en nuestro idioma castellano, pero con acento árabe.
– Bien puede tener sed. ¡Hace casi un año que no prueba el agua!
– ¡Parece imposible! -me asombré yo-. Ni los camellos del desierto resisten tanto. Pero acercaos, si lo deseáis. Por vuestro aspecto parecéis un guerrero. ¿queréis compartir la comida de un pobre soldado?
Deseaba que aceptase mi invitación, porque me sentía solo y aquel lugar solitario en el que me encontraba, no me agradaba demasiado, inspirándome una especie de extraño temor. Además, como ya sabéis vos, señor gobernador, un soldado jamás suele ser demasiado exigente en lo que a compañías se refiere…
También esta vez asintió el gobernador a las palabras del prisionero. Y éste prosiguió su relato.
– Pues bien, como os iba diciendo, le invité a compartir mi pobre cena. Pero él rehusó, con amables palabras.
– Os lo agradezco muchísimo -me dijo-, pero no puedo detenerme. Aún debo recorrer un largo camino antes de mañana.
– ¿Y hacia dónde os dirigís? -pregunté yo.
– Me dirijo a Andalucía y allí debo llegar antes del amanecer -respondió.
– ¡Qué casualidad! -exclamé, gozoso-. Ese es también mi camino. Si no queréis o, mejor dicho, no podéis detenemos a compartir mi casa, puedo ir con vos, montado a la grupa de vuestro caballo. Advierto que se trata de un alazán fuerte y robusto, que sin duda aguantará perfectamente la doble carga.
– De acuerdo -contestó el moro montando en su caballo. Y en cuanto yo hube montado a mi vez en la grupa, añadió-: Pero tened cuidado y agarraos con fuerza, porque este caballo mío es veloz como el mismo viento del desierto.
– No os preocupéis por mi -contesté-. No me soltaré.
Y partimos. Primero el caballo marchó al paso, después, al trote y del trote pasó al galope. Y del galope a la más desenfrenada carrera que jamás pude imaginar. Parecía como si las piedras y los árboles, todo pasara por nuestro lado como flechas. De pronto distinguí las luces de una ciudad.
– ¿Qué ciudad es ésa? -pregunté a mi compañero de viaje.
– Segovia -me contestó. Pero antes de que hubiese llegado a pronunciar el nombre, la ciudad había desaparecido tras de nosotros y el caballo, siempre en su desenfrenada carrera, subía
ya por la sierra de Guadarrama, para descender al instante por El Escorial y rodear seguidamente las murallas de Madrid, atravesando después las vastas llanuras de La Mancha…
Aquella carrera parecía en efecto más veloz que el viento, como dijera el moro. Subimos montañas, bajamos cerros, pasamos junto a ciudades y pueblos, cruzamos arroyos y barrancos…
Por fin, el guerrero moro, detuvo bruscamente su cabalgadura.
– Ya hemos llegado al fin de nuestro viaje -me dijo.
Miré a mi alrededor. No pude descubrir en qué lugar nos encontrábamos, ni tampoco vi que nos hubiésemos detenido junto a poblado o casa alguna. Frente a nosotros sólo pude distinguir la boca de una caverna. Pero, en aquel instante, empezó a llegar de todas partes, con la velocidad y la furia de un huracán, una verdadera nube de guerreros moros, algunos a pie y otros a caballo y todos se metían por la boca de la caverna. Y antes de que pudiera salir de mi asombro y preguntar a mi compañero de viaje adónde se dirigían todos aquellos árabes, picó espuelas a su caballo y al instante nos vimos entre aquel tropel de gente, siguiendo un camino tortuoso e inclinado, que descendía muy hondo hacia las entrañas mismas de la tierra. Al principio reinaba a nuestro alrededor la más completa oscuridad hasta el punto de que yo me preguntaba cómo podían todos aquellos guerreros orientarse y encontrar el camino que debían seguir. Pero, poco a poco, fue filtrándose hasta nosotros una al principio como débil claridad que, paulatinamente iba haciéndose más intensa, como la luz del amanecer cuando el sol anuncia ya su diaria llegada por Oriente. Entonces pude advertir que a ambos lados del camino que recorríamos, se abrían diversas cuevas, cada una de las cuales eran un verdadero y completísimo arsenal. Había allí toda clase de escudos, yelmos, lanzas, corazas, cimitarras, espadas… y también grandes montones de municiones, así como magníficos equipos de campaña. ¡Cualquier militar se hubiera sentido interesado por tan completísimo arsenal! En otras cavernas, igualmente abiertas a ambos lados del camino que íbamos siguiendo, se alineaban, en ordenadas filas, cientos de guerreros árabes, armados hasta los dientes, así como también muchísimos jinetes, con sus lanzas en ristre y las banderas desplegadas, como dispuestos para entrar al instante mismo en combate. Pero advertí, con asombro, que todos permanecían inmóviles, como estatuas encantadas que esperasen el hechizo que les librara de su sueño…
En fin, señor, para abreviar y no cansaros demasiado con mi relato, os diré que, por fin, llegamos hasta una inmensa caverna, cuyas paredes estaban completamente, recubiertas de oro y piedras preciosas, y adornadas con riquísimos tapices. También el suelo estaba cubierto por alfombras de rica fabricación oriental y, al fondo, se levantaba un fantástico trono dorado, enteramente recubierto de gemas, perlas y brillantes de incalculable valor. En él se sentaba un rey moro, rodeado por su guardia negra, con las cimitarras desenvainadas y vistiendo vistosos uniformes de gala. Toda la muchedumbre que seguía penetrando en la caverna aquella, que, como ya os dije, era inmensa, iba pasando hombre a hombre frente a él, rindiéndole pleitesía. Pero algo me llamó particularmente la atención: mientras algunos de aquellos moros vestían trajes lujosísimos de seda y lucían valiosas joyas, otros llevaban atuendo de guerrero, con bruñidas armaduras y cascos brillantes. Pero otros vestían trajes casi andrajosos e incluso apolillados, y llevaban armaduras abolladas y cubiertas de orín. Por eso ya no pude resistir por más tiempo la curiosidad, que desde hacía rato me embargaba y me dirigí a mi compañero:
– Decidme, por favor, ¿qué significa todo esto?
En este momento estáis contemplando al propio rey Boabdil y a toda su corte -me contestó el moro, con voz solemne.
– Me resulta difícil creeros -afirmé yo- Boabdil y su corte, así como todo el ejército al que los Reyes Fernando e Isabel habían vencido, fueron desterrados de este país hace cientos de años y marcharon a Africa, donde, como es lógico, murieron, cuando llegó su hora.
– Estáis equivocado, amigo -repuso desdeñoso el moro-. Eso que decís es lo que cuentan vuestras crónicas. Pero son falsas. Sabed que Boabdil, el último rey de Granada, así como su corte y su ejército, quedaron encerrados en esa montaña. Lo que los cristianos vieron salir de este país, en dirección a Africa, era sólo una comitiva de espíritus, a los que se les permitió tomar la forma mortal de los que aquí quedaron encerrados bajo poderoso hechizo, para así engañar a los reyes de Castilla y Aragón. Y os diré, además, amigo, que España toda está encantada. No existe montaña, cueva, solitaria atalaya, cerro o colina, en cuyo interior no duerma, encantado, algún guerrero árabe. Alá así lo dispuso y todos seguirán durmiendo años y años, en tanto no sean expiadas las culpas que cometieron y por cuya causa perdieron las hermosas tierras españolas. Únicamente una vez al año, la víspera de San Juan, nos es permitido liberarnos de ese encantamiento, durante las horas que van de la puesta del sol hasta el nuevo amanecer para venir a rendir pleitesía a nuestro rey. Todos esos guerreros viven repartidos por España, pero ninguno se retrasa, por lejos que de Granada se halle.
Como podéis suponer, todo cuanto el moro me contaba me llenaba de asombro y también me interesaba mucho. Por eso le invité a proseguir:
– Según eso -le dije- imagino que vuestro lugar de encantamiento será la torre medio derruida junto a la que os encontré, allá en Castilla la Vieja…
– En efecto -asintió él-. Allí es donde yo, desde hace centenares de años, yazco en mágico encantamiento y de donde salgo todos los años, en tal noche como hoy, para volver indefectiblemente antes de que el sol apunte en el horizonte. Y escrito está en nuestros libros que cuando por fin se logre romper el hechizo, todo ese magnífico ejército que habita las montañas que rodean Granada, recuperará la ciudad y en cuanto la Alhambra esté en su poder, Boabdil llamará a todos los demás guerreros repartidos por las tierras de España y conquistaremos el resto del país.
Como supondréis, eso me alarmó mucho.
– ¿Y eso sucederá pronto o han de transcurrir todavía muchos cientos de años más? -le pregunté.
– Eso nadie más que Alá puede decirlo. Pero por nuestros profetas sabemos que el día se aproximaba ya, cuando el rey de España designó para gobernar la Alhambra a un antiguo militar, hombre por demás valiente y decidido, al que se conoce con el sobrenombre de «El Gobernador Manco». Y mientras tan bravo soldado esté al frente de las tropas cristianas de esta plaza, es casi seguro que Boabdil y su ejército, deberán descansar en su sueño encantado…

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