El genio de la estepa (3ª Parte)

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El genio de la estepa

El Príncipe Junak gritó:

“Da la vuelta, casita, da la vuelta,
Gira, que quiero entrar;
Vuélvete de espalda al espeso bosque
Y ábreme la puerta de par en par.”

La casita giró, y al entrar, el Príncipe vio a la vieja Yaga, que lo recibió exclamando:
– ¡Hola, Príncipe Junak! ¿Cómo has llegado hasta aquí, donde nunca entra nadie?
– ¡No seas necia, bruja! ¿Por qué has de aburrirme a preguntas antes de obsequiarme? -replicó el Príncipe.
Al oír esto, la vieja Yaga dio un brinco y se apresuró a llenar de atenciones a su huésped. Le preparó una cena espléndida y un lecho blando para que durmiese bien y luego salió ella de casa y pasó la noche afuera. Al día siguiente, el Príncipe le contó sus aventuras y le expuso sus planes.
– Príncipe Junak -dijo ella,- has acometido una empresa dificilísima, pero tu valor hará que la termines con éxito. Te diré cómo has de dar muerte a Kostey, pues sin esto nada puedes hacer. En medio del Océano está la Isla de la Vida Eterna. En la isla crece un roble y al pie de éste, escondida bajo tierra, hay un arca forrada de hierro. En el arca está encerrada una liebre y bajo ella hay una oca que tiene un huevo. Dentro del huevo está la vida de Kostey. Cuando se rompa morirá el gigante. Adiós, Príncipe Junak, anda y no pierdas tiempo. Tu caballo te llevará a la isla.
Junak montó su caballo, le dijo unas palabras al oído y el noble animal se lanzó al espacio, veloz como una flecha. Pronto dejaron lejos el inmenso bosque con sus gigantescos árboles y llegaron a la orilla del mar. Unas redes estaban tendidas en la arena y un pez grande, que se debatía y forcejaba por librarse de una de ellas, habló al Príncipe con voz humana:
– Príncipe Junak -le dijo apenado,- líbrame de estas redes y te aseguro que no te dolerá el favor que me hagas.
Junak accedió al ruego, y dejó el pez en el agua. El animal nadó y desapareció de la vista, pero el Príncipe pronto olvidó el incidente, preocupado con sus propios pensamientos. Lejos muy lejos se veían los peñascos de la Isla de la Vida Eterna; pero no daba en la manera de llegar hasta allí. Apoyado en su maza, no hacía más que pensar y pensar y cada vez estaba más triste.
– ¿Qué te pasa, Príncipe Junak? ¿Te ha ofendido alguien? -le preguntó el caballo.
– ¿Cómo quieres que no esté triste, si tengo la isla a la vista y no puedo pasar de aquí? ¿Cómo vamos a cruzar el mar?
– Súbete a mis lomos, príncipe, y te serviré de puente. El caso es que te agarres bien.
El príncipe se agarró fuertemente a su cabalgadura y el caballo saltó al mar. Al principio se hundió bajo las olas, pero no tardó en salir a la superficie nadando con suma facilidad. El sol llegaba a Poniente cuando el Príncipe desmontó en la Isla de la Vida Eterna. Lo primero que hizo fue quitar al caballo los arreos para que paciese cómodamente en la verde hierba, y en seguida se dirigió corriendo a la cima de una distante colina, donde podía ver desde la playa un grandioso roble. Se dirigió al árbol sin rodeos, lo cogió con ambas manos, lo sacudió con toda su alma y después de hacer los más violentos esfuerzos, lo arrancó de cuajo, de donde había estado arraigado durante siglos. El árbol se derribó gimiendo y en el lugar donde había echado las raíces apareció un hoyo en cuyo fondo se veía un arca forrado de hierro. El príncipe la sacó, rompió la cerradura con una piedra, la abrió y apresó la liebre que trataba de escaparse. La oca que estaba debajo emprendió el vuelo hacia el mar. El príncipe le disparó una flecha, la hirió, el ave dejó caer el huevo el mar, y huevo y ave desaparecieron tragados por las olas. Junak lanzó un grito de desesperación y corrió hacia la orilla. El Príncipe nada pudo ver, pero al cabo de unos minutos, notó una agitación del agua y vio que a él se dirigía nadando en la superficie, el pez al que había salvado. El animal llegó hasta la arena, y depositó o los pies del Príncipe el huevo perdido diciendo:
– Ya ves, Príncipe, que no he olvidado tu bondad, y ahora aprovecho la oportunidad de pagarte el favor que me has hecho.
Y dicho esto, desapareció en el fondo del mar. El Príncipe cogió el huevo, montó a caballo, y luego de cruzar el mar con el corazón lleno de esperanza, se dirigió a la isla donde la Princesa Sudolisu velaba el sueño de sus súbditos en su Palacio Encantado. Estaba el palacio cercado de un muro y guardado por el Dragón de Doce Cabezas. Éstas dormían por turno, seis cada vez, de modo que era imposible hallarlo desprevenido ni matarlo, porque sólo podía morir por sus propios golpes.
Al llegar a las puertas de¡ palacio, Junak mandó a su maza que se adelantase para abrirle camino, y en efecto, la maza se arrojó sobre el Dragón y empezó a machacarle las cabezas sin contemplaciones. Tan formidables eran los golpes que descargaba, que en un momento quedó el Dragón hecho pedazos. Aun vivía y se retorcía y agitaba el aire con sus garras y abría sus doce fauces de las que salían otras tantos lenguas como lanzas de fuego; pero no podía coger nunca la maza, y por fin, atormentado y lleno de rabia se clavó él mismo sus afiladas zarpas y murió.
El Príncipe, entonces, atravesó las puertas del palacio y después de dejar su fiel caballo en el establo, se dirigió, armado con su maza, a la torre donde la princesa estaba encerrada. Al verlo ella, exclamó:
– Príncipe, he tenido el placer de ver tu victoria sobre el Dragón. Aun hay que vencer a un enemigo más temible, a mi carcelero, el cruel Kostey. Guárdate de él, pues si te matase, me arrojaría por la ventana a lo hondo del precipicio.
– Tranquilízate, princesa, porque en este huevo está la vida de Kostey.
Luego, volviéndose a la maza invisible, le ordenó:
– Adelante, maza invisible; descarga los golpes más formidables y libra a la tierra de ese malvado gigante.
La maza empezó por derribar las puertos de hierro y se lanzó contra Kostey. En un momento, se vio el gigante tan magullado a mazazos, que le saltaron los dientes como peñascos, los ojos se le encendían como relámpagos, y cayó rodando como un tronco. Si hubiera sido un hombre cualquiera, hubiese muerto a consecuencia de tan malos tratos. Pero aquel aborto de magia, no era un hombre. Logró levantarse y miró a todos lados en busca de quien así lo atormentaba. Los golpes de maza seguían lloviendo sobre él y producían tal efecto, que los bramidos del gigante se oían en todo la isla. Al acercarse a la ventana vio al Príncipe Junak y gritó:
– ¡Ah, malvado! ¿Eres tú quien me apalea de este modo?
Y trató de lanzar sobre él su aliento ponzoñoso. Pero el Príncipe aplastó el huevo entre sus manos. La clara y la yema se juntaron y cayeron al suelo, y Kostey murió.
Al exhalar el hechicero su último suspiro, se desvaneció el encanto y todos los isleños despertaron de su sueño. El ejército, puesto en pie, se dirigió al palacio al son de tambores, y todo el mundo volvió a su sitio de costumbre. En cuanto la Princesa Sudolisu se vio libre de su cautiverio, tendió su blanca mano a su salvador y dándole las gracias con las frases más conmovedoras, lo condujo al trono y lo sentó a su lado. Las doce damas de honor, que habían elegido previamente a otros tantos jóvenes guerreros, se colocaron con sus prometidos en torno a la princesa. Entonces se abrieron las puertas de par en par y entraron los sacerdotes revestidos de ceremonia, precedidos de una bandeja de oro con anillos nupciales. Se procedió inmediatamente a la ceremonia y las parejas quedaron unidas en nombro de Dios.
Se celebró la boda con banquetes, música y danzas, como es costumbre en semejantes ocasiones, y todos experimentaron la más grande alegría. También nosotros nos alegramos al pensar que todos vivirán felices y contentos después de tanto sufrir.

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