El genio de la estepa (2ª Parte)

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El genio de la estepa

Pasaron días, a los semanas siguieron meses y toda la isla de la Princesa Sudolisu seguía pareciendo un inmenso dormitorio. La gente roncaba en la calles, el valeroso ejército yacía en el campo durmiendo profundamente, oculto bajo la hierba que había crecido y le daba sombra humedeciendo y cubriendo de orín sus armas. Dentro del palacio, todo seguía lo mismo. Las doce damas de honor continuaban inmóviles, y sólo la princesa vivía vigilante en aquel reino de sueño. Paseábase de un lado a otro, suspirando y derramando lágrimas amargas, sin que ningún otro ruido rompiera el silencio; sólo de vez en cuando, Kostey que evitaba su mirada, golpeaba la puerta rogando que no lo rechazase por más tiempo. Le prometía hacer de ella la Reina del Mundo Inferior, pero ella no contestaba.
Sola y contristada, no hacía más que pensar en el príncipe de sus sueños. Veíalo revestido en su armadura de oro y montado en su brioso corcel, mirándola con sus ojos de amor. Así se lo imaginaba día y noche.
Un día se asomó a la ventana y viendo una nube que flotaba sobre el horizonte, gritó:

“Nube blanca y serena,
Peregrina de¡ cielo,
Detén tu lento vuelo
y contempla mi pena.
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

– Lo ignoro -contestó la nube,- pregúntalo al viento.
Entonces vio una ligera brisa que jugaba con las flores de¡ campo, y la llamó diciendo:

“Céfiro de la calma,
Contempla mi dolor,
Y refresca mi alma
Que se abrasa de amor.
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

– Pregunta a esa estrellita que brilla en el firmamento -contestó la brisa;- ella sabe más que yo.
Sudolisu levantó sus bellos ojos a la estrella titilante y dijo:

“Estrella, luz celeste,
¿Podrías encontrar
Otro dolor como este
Que me hace suspirar?
¿Puedes decirme dónde mi amor está
Y si piensa de mi bien o piensa mal?.”

– La luna está más enterada que yo -contestó la estrella;- vive más cerca de la tierra y ve cuanto en ella pasa.
La luna acababa de levantarse de su lecho de plata y Sudolisu le gritó:

“Perla del cielo, luna lunera,
A las estrellas no mires más,
Pon en mis ojos tu vista entera
Y un mar de penas alumbrarás.
Por mi amor sufro. Consuélame y di
Si, como yo, él me quiere y piensa en mí.”

– Princesa- replicó la luna,- no sé nada de tu amor. Espera unas horas que saldrá el sol. El lo sabe todo y podrá contestarte.
La princesa fijó su vista en la parte del cielo por donde sale el sol ahuyentando los tinieblas como a una bandada de pájaros. Y cuando apareció en todo su esplendor le dijo:

“Alma del mundo, fuente de vida,
Omnipotente luz del Eterno,
Entra en la cárcel donde, afligida,
Sufre mi alma penas de infierno.
Tú que todo lo ves, ¿puedes anunciarme
Si pronto vendrá el amado a libertarme?.”

– Dulce Sudolisu -contestó el sol,- seca esas lágrimas que ruedan como perlas por tus tristes y hermosas mejillas. Apacigua tu inquieto corazón, que el Príncipe, tu amado, viene a rescatarte. Ha recibido el anillo mágico del Mundo Inferior y se han reunido muchos ejércitos de esas regiones para seguirle. En este momento se dirige al palacio de Kostey con intención de castigarlo. Pero no lograría sus propósitos y Kostey obtendría la victoria si tu príncipe no utilizase los medios de que ahora voy a proveerle. Adiós. Se valiente, tu amado vendrá en tu ayuda y te librará de los hechizos de Kostey: una vida de felicidad os espera.
El sol subió entonces a una tierra distante, donde el Príncipe Junak, montado en su brioso corcel y luciendo su armadura de oro, reunía a sus huestes para combatir contra el gigante. Tres veces había soñado con la hermosa princesa cautiva en su Palacio del Sueño, porque la fama de su hermosura había llegado a su noticia y la amaba sin haberla visto.
– Deja aquí tu ejército -dijo el sol,- sería inútil pelear contra Kostey, que está a prueba de todas las armas. Sólo matándolo podrás rescatar a la princesa, y sólo hay una persona que puede decirte cómo hacerlo: la hechicera Yaga. Te diré dónde hallarás el caballo que te conduzca hasta ella. Sigue el camino que va hacia el Este y anda hasta que llegues a una planicie; en medio de esta planicie hay tres robles y en el centro de estos, a ras de tierra hay una puerta de hierro con una anilla de cobre. Detrás de la puerta está el caballo y a su lado hallarás una maza invisible; ambas cosas son necesarios para lo que has de hacer. Ya sabrás luego lo demás. Adiós.
El consejo dejó al Príncipe tan admirado, que apenas sabía lo que hacer. Después de reflexionar, se santiguó, se sacó del dedo el anillo mágico y lo arrojó al mar. Inmediatamente se disipó el ejército como el humo y cuando ya no quedaba ni rastro de él, emprendió el camino hacia el Este. Después de caminar ocho días llegó a una planicie cubierta de hierba en cuyo centro se levantaban tres robles, y en el centro de éstos, a ras de tierra había una puerta de hierro con una anilla de cobre. Abrió la puerta y bajó por una escalerilla que conducía a otra puerta de hierro, la cual abrió con un puntal de sesenta libras de peso. En aquel momento oyó el relincho de un caballo, seguido de un ruido de otras once puertas de hierro que se abrían. Allí estaba el caballo que hacía siglos había sido encantado por un hechicero. El Príncipe silbó e inmediatamente, el caballo acudió rompiendo las doce cadenas de hierro que lo sujetaban al pesebre. Era un hermoso animal, fuerte, ligero, lleno de fogosidad y de gracia; sus ojos brillaban como relámpagos y por sus narices lanzaba chorros de fuego; su crin parecía una nube de oro. Era un caballo maravilloso.
– Príncipe Junak- dijo el corcel,- hace siglos que esperaba un jinete como tú. Heme aquí dispuesto a llevarte y a servirte fielmente. Súbete a mis lomos y empuña la maza que pende del arzón de la silla. No hace falta que la manejes tú mismo, dale tus órdenes y ella irá a cumplirlas y peleará por ti. ¡Y ahora partamos y que Dios nos acompañe! Dime adónde quieres ir y estarás allí al momento.
En cuatro palabras, el Príncipe contó su historia al caballo, empuñó la maza y emprendió veloz carrera. El animal cabrioló, galopó, voló y hendió los aires a más altura que los más altos bosques, pero manteniéndose siempre por debajo de las nubes; cruzó montañas, ríos y precipicios; apenas tocaba las puntas de las hierbas al pasar sobre ellas y corría tan ligeramente por los caminos, que no levantaba ni un átomo de polvo.
Hacia la caída del sol, Junak se hallaba ante un bosque inmenso, en mitad del cual se alzaba la casita de Yaga, rodeada de robles y de pinos centenarios que no conocían el hacha del leñador. Los enormes árboles, dorados por los rayos del sol, parecían erguir sus copas, mirando con sorpresa a sus extraños visitantes. Reinaba un silencio absoluto. Ni un pájaro cantaba en las ramas, ni un insecto zumbaba en el aire, ni un gusano se arrastraba por la tierra. El único ruido era el del caballo abriéndose paso entre el follaje. Por fin llegaron ante una casita sostenida por una pata de gallo sobre la que giraba como un torno.

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