El genio de la estepa (1ª Parte)

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El genio de la estepa

En aquellos remotos tiempos vivían un rey y una reina. El rey era anciano y la reina, joven.
Aunque se querían mucho eran muy desgraciados porque Dios no les había dado descendencia. Tan apenada estaba la reina, que cayó enferma de melancolía y los médicos le aconsejaron viajar para disipar su mal. Como al rey lo retenían sus asuntos en su reino, ella emprendió el viaje sin su real consorte y acompañada por doce damas de honor, todas doncellas, jóvenes y hermosas como flores de mayo. Al cabo de unos días de viaje llegaron a una desierta llanura que se extendía tan lejos, tan lejos, que parecía tocar el cielo. Después de mucho andar sin dirección fija de una parte a otra, el cochero se desorientó por completo y se detuvo ante una gran columna de piedra, a cuyo pie había un guerrero, jinete en un caballo y armado de punta en blanco.
– Valeroso caballero -le dijo,- ¿puedes indicarme el camino real? Nos hemos perdido y no sé por dónde seguir.
– Os mostraré el camino -dijo el guerrero-, pero con la condición de que cada una de vosotras me deis un beso.
La reina dirigió al guerrero una mirada de indignación y ordenó al cochero que siguiese adelante. El coche siguió rodando casi todo el día, pero como si estuviera embrujado, volvió a detenerse ante la misma columna. Entonces fue la reina la que dirigió la palabra al guerrero.
– Caballero -le dijo,- muéstranos el camino y te recompensará con largueza.
– Yo soy el Genio Superior de la Estepa -contestó él.- Exijo un tributo por enseñar el camino y el tributo siempre es un beso.
– Perfectamente, mis doce damas de honor te pagarán.
– Trece besos hay que darme, y el primero ha de ser de la dama que me hable.
La reina montó en cólera y otra vez intentaron encontrar el camino sin ayuda ajena. Pero aunque esta vez el coche salió en dirección opuesta, al cabo de un rato se hallaron ante la misma columna. Oscurecía y era preciso buscar un refugio donde pasar la noche, de modo que la reina se vio obligada a pagar al caballero su extraño tributo. Bajó de la carroza, se acercó al caballero y mirando modestamente al suelo, le permitió que le diera un beso; sus doce damas de compañía la siguieron e hicieron lo mismo. Inmediatamente desaparecieron columna y caballero y ellas se encontraron en el verdadero camino, mientras una nube como de incienso flotaba sobre la estepa. La reina subió a la carroza con sus damas y continuaron el viaje.
Pero, desde aquel día, la hermosa reina y sus doncellas estuvieron tristes y pensativas, y como el viaje perdió para ellas todo su atractivo, volvieron a la ciudad. Ni en su mismo palacio se sintió feliz la reina, pues siempre se le representaba, como si lo estuviera viendo, el Caballero de la Estepa. Esto disgustó al rey de tal manera, que se mostró desde entonces tétrico y violento.
Un día que el rey ocupaba su trono en la sala de consejo, le llegó un rumor de tiernos gorjeos, como los que produce un ave del paraíso, contestados por un coro de ruiseñores. Sorprendido, quiso saber qué era aquello y el mensajero volvió diciendo que la reina y las doce damas de honor acababan de ser obsequiados cada una con una niña y que los dulces gorjeos que se oían eran los balbuceos de las criaturas. El rey se quedó pasmado al oír tal nueva y aun estaba sumido en hondos pensamientos cuando, súbitamente, el palacio se iluminó como si hubieran encendido luces deslumbradoras. Al preguntar la causa de aquello, le dijeron que la princesita acababa de abrir los ojos y que estos brillaban como antorchas celestiales.
El rey estaba tan sobrecogido de pasmo, que durante algún tiempo no pudo decir palabra. Lloraba y reía, dominado a un tiempo de pesar y de alegría, y en esto le anunciaron una comisión de ministros y senadores. Cuando todos se hallaron en su presencia, cayeron de rodillas y, golpeando el suelo con la frente, decían:
– Señor, salva a tu pueblo y salva tu real persona. El Genio de la Estepa ha obsequiado a la reina y a sus doce damas de honor con trece niñas. Te rogamos que ordenes matar a esas criaturas, o de lo contrario pereceremos todos.
El rey se encolerizó y ordenó que las trece criaturas fuesen arrojados al mar. Ya estaban los cortesanos a punto de obedecer una orden tan cruel, cuando entró la reina llorando y pálida como la muerte. Se arrojó a los pies del rey y le rogó que perdonase la vida de tan inocentes criaturas y que en vez de ahogarlas se las dejase en una isla desierta, abandonadas a la providencia divina.
El rey accedió a su deseo. Pusieron a la princesita en una cuna de oro y a sus compañeritas en cunas de cobre, llevaron a las trece a una isla desierta y allí las dejaron solas. En la corte todo el mundo las daba ya por muertas, y se decían: “Morirán de frío y de hambre; las devorarán las fieras o las aves de presa; seguramente morirán; tal vez queden sepultadas bajo hojarasca o bajo una capa de nieve”. Pero, afortunadamente, nada de esto sucedió, porque Dios vela por sus criaturas.
La princesita crecía de día en día. Cada mañana se despertaba al salirse el sol y se lavaba con el rocío. Suaves brisas la refrescaban y peinaban en hermosas trenzas sus cabellos. Los árboles la adormecían con su dulce arrullo y las estrellas velaban su sueño por la noche. Los cisnes la vestían con su blando plumaje y las abejas la alimentaban con su miel. La belleza de la princesa aumentaba a medida que crecía. Su frente era serena y pura como la luna, sus labios encarnados corno un capullo, y tan elocuentes que sonaban como una sarta de perlas. Pero su incomparable belleza estaba en sus ojos, pues cuando miraban con bondad parecía que uno flotase en un mar de delicias, cuando con enojo, se quedaba uno paralizado de miedo y convertido en un témpano de hielo. Sus doce compañeras la servían y eran casi tan encantadoras como su amita, a la que profesaban un gran amor.
La fama de la bella Princesa Sudolisu se extendió pronto por todo el mundo y de todos partes llegaba gente a verla, de modo que ya no fue aquella una isla desierta sino una ciudad magnífica y populosa.
Fueron muchos los príncipes que llegaron de muy lejos para inscribirse en la lista de pretendientes a la mano de Sudolisu; pero nadie pudo conquistar su corazón. Los que tenían buen carácter y se volvían a su tierra, desengañados y resignados, llegaban sanos y salvos; pero los que rebelándose contra su mala suerte, querían conquistarla por fuerza, veían sus soldados reducidos a polvo, y el pretendiente con el corazón helado por la mirada de enojo que le dirigía la princesa, se convertía en un témpano de hielo.
Conviene saber que el célebre ogro, Kostey, que vivía bajo tierra, era un gran admirador de la belleza, y un buen día se le ocurrió salir a ver qué hacía la gente sobre la tierra. Con la ayuda de su telescopio podía observar a todos los reyes y reinas, príncipes y princesas, señoras y caballeros, que vivían en este mundo. Mientras estaba mirando, acertó a ver una isla donde había doce doncellas que resplandecían como estrellas, en torno a una princesa que dormía sobre colchones de pluma de cisne y cuya hermosura se destacaba entre la de sus compañeras como la hermosa aurora. Sudolisu soñaba en un caballero que montaba un brioso alazán; sobre su pecho refulgía una coraza de oro y su mano empuñaba una maza invisible. La princesa admiraba en sueños al joven caballero y lo amaba más que a su misma vida. El malvado Kostey la deseaba para él y decidió raptarla. Se abrió camino hasta la superficie de la tierra golpeándola tres veces con la cabeza, pero la princesa reunió su ejército y poniéndose al frente de él, marchó con sus soldados contra el ogro. Pero éste no hizo más que lanzar un resoplido y todos los soldados cayeron en un sueño irresistible. Entonces alargó sus huesudas manos para recoger a la princesa, pero ella le dirigió una mirada de cólera y de desprecio, que lo dejó convertido en un témpano de hielo, y luego se encerró en su palacio. Kostey permaneció helado mucho tiempo y cuando volvió a la vida se lanzó en persecución de la princesa. Al llegar a la ciudad donde ella vivía infundió en todos los habitantes un sueño mágico e hizo a las doce damas de honor objeto de la misma hechicería. No se atrevió a atacar directamente a la princesa porque temía el poder de su mirada y se limitó a cercar el palacio con un muro de hierro, dejando allí como guardián un enorme dragón de doce cabezas. Y así esperó a que lo princesa se le rindiese.

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