El espíritu de la luz

El espíritu de la luz

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El espíritu de la luz

Un menudo espíritu de la luz vivía dentro de una bombilla que pendía del techo del vestíbulo de una casa de campo. Durante la noche tenía que alumbrar aquel vestíbulo y además toda la escalera. Este trabajo le parecía sumamente difícil al luminoso espíritu.
– ¡Qué vida tan miserable la mía! – dijo una mañana a la enorme lámpara que se hallaba cerca de él. – Como los vigilantes nocturnos, no puedo pegar ojo en toda la noche; sólo me dejan dormir de día. Y aún eso le parece excesivo a esa mala gente. Apenas empiezo a descabezar un sueñecito ya viene alguien y da vuelta a la llave, despertándome. Dicen que la escalera es muy oscura y que yo debo alumbrarla. ¿Por qué en vez de ser un espíritu luminoso no he nacido lámpara grande? Tú sí que te das la gran vida, sólo te encienden cuando llegan invitados.
– No debieras ser tan humilde – replicó la lámpara, con su cristalina voz; – vive un poco para tu comodidad. Pronto se acostumbrarán a ello y estarán tan contentos contigo como antes.
– Está bien, seguiré tu consejo – replicó el menudo espíritu. – Esta noche dormiré y nadie me despertará.
Aquella noche el dueño de la casa volvió de paseo y dio vueltas al interruptor. Pero el espíritu luminoso no se movió y permanecía apagado. A causa de ello el propietario de la casa subió a oscuras por la escalera, resbaló y rompióse una pierna.
Cuando el pequeño espíritu vio lo que había hecho, derramó unas cuantas lágrimas y decidió lucir todas las noches, sin esperar a que nadie le despertase.
A la siguiente noche un hombre empezó a subir cautelosamente por la escalera. En una mano llevaba un manojo de llaves. De pronto toda la casa se conmovió.
– ¡Un ladrón! ¡Un ladrón! – gritaban todos. – ¡Cogedle! – Y por todas las puertas salió gente y detuvieron al ladrón, entregándolo a la Policía.
– ¡Maldita luz! – gritó el hombre. – ¡A ti te debo mi desgracia! Si tu resplandor no hubiera sido tan grande, nadie me hubiese descubierto.
Nuevamente el espíritu luminoso derramó unas cuantas y ardientes lágrimas y se vio sumido en la mayor confusión acerca de lo bueno y lo malo. Por ello decidió lanzarse al mundo y preguntar cómo debe uno conducirse a fin de hacer la felicidad de todos.
Por el camino encontró a una mujer vestida de negro de pies a cabeza. Hasta su cara estaba cubierta por un espeso y negro velo, de manera que sólo podían verse sus oscuros y centelleantes ojos, que miraron severamente al espíritu de la luz.
– ¿Quién es usted? – preguntó con timidez el espíritu.
– Soy la Noche – replicó la mujer. – Y tú eres mi peor enemigo. Con tu maldad destruyes gran parte de mi poder, oponiéndote a las tinieblas que derramo. Yo extiendo mi negro velo sobre los afligidos y les arranco por unas horas sus terrenas preocupaciones. Doy dulce paz a los corazones y descanso a los rendidos miembros. Pero tú, con tu luz, turbas ese reposo tan necesario.
– Perdóneme usted, señora Noche – susurró el espíritu luminoso. – Le prometo que eso no volverá a ocurrir.
Y con el corazón ya tranquilizado regresó a su bombilla. Ya sabía lo que debía hacer. Durante la noche dormir como las demás criaturas y en cambio brillar durante el día.
Al cabo de poco tiempo decidió salir de nuevo al mundo para ver si todos estaban contentos con él. Por el camino encontró a un hombre enorme que llevaba un manto dorado y una enorme y calva cabeza de la que brotaba abundantísimo sudor. Al ver al espíritu de la luz, el hombre se echó a reír a carcajadas. Tanto reía que daba la impresión de que no podría parar jamás.
– ¿Quién es usted y por qué se burla de mí? ­ preguntó el luminoso espíritu, cuyo rostro estaba muy colorado a causa de la vergüenza.
– Soy el Sol – replicó el hombre, con voz lozana. – Me río de ti, tonto espíritu, porque pretendes competir conmigo. ¿Crees que tu débil resplandor puede compararse con mis chorros de luz? Deberías avergonzarte, pequeño. No sirves para nada.
El espíritu de la luz regresó a toda prisa a su bombilla y dijo tristemente a la lámpara:
– Ya veo que no puedo complacer a todos. Además, aquí, en la Tierra, soy completamente inútil. ¿Sabes lo que voy a hacer? Me moriré, porque estoy cansado de mí mismo y del mundo.
Y tumbándose en el suelo de cristal de la bombilla, exhaló la última luminosidad.
Al día siguiente la lámpara oyó que la dueña de la casa decía a la criada:
– Minna, esa bombilla se ha fundido. Corra a la tienda y compre otra.

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