El Cascanueces

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El CascanuecesEra Nochebuena …¡al fin! Todas las nochebuenas, después de cenar, María y su hermano Fritz que vivían en Alemania desde hace mucho tiempo, también celebraban este día tan especial intercambiando regalos.

Esa noche, el árbol de Navidad de la sala se veía más grande y hermoso que otras veces. María y Fritz recibieron maravillosos regalos.

Le dieron muñecas, soldaditos de juguete y libros con ilustraciones.

Pero el regalo favorito de María fue el que le dio su abuelo, el doctor Drosselmeier. Era un cascanueces de madera con la forma de un viejo soldado. No se parecía a ningún otro cascanueces que María hubiera visto antes. Sin embargo, ¡lo que María no sabía era que el cascanueces estaba encantado!.

Cuando María y Fritz terminaron de abrir sus regalos, comenzó otra celebración: una divertida fiesta de Navidad para sus primos y amigos.

Todos jugaron con la muñeca y los soldados de juguete, y comieron todo tipo de golosinas y galletas.

Entonces el doctor Drosselmeier dijo:”Esperad aquí, niños. Tengo una sorpresa especial para su fiesta”.

Antes de que los niños pudieran adivinar cuál sería, el abuelo apareció con dos marionetas y un pequeño escenario.

Las dos marionetas bailaban, brincaban muy alto y daban volteretas, mientras los niños miraban, reían y aplaudían. María tuvo en sus brazos su regalo favorito, el cascanueces, durante todo el espectáculo de marionetas.

Cuando terminó el espectáculo, Fritz empezó a imitar a las marionetas.

Tomó al cascanueces de María y saltó, sosteniéndolo en alto. Pero el niño no podía bailar tan bien como las marionetas. Se tropezó, y el cascanueces voló por el cuarto, cayendo junto al árbol de Navidad.

Cuando María corrió a recoger su regalo favorito, vio que su mandíbula de madera se había roto. “¡Oh,no!”, gritó. “Déjame arreglarte, pobre cascanueces.”Con cuidado unió de nuevo al cascanueces con su pañuelo y lo puso bajo el árbol de Navidad.

Más tarde, su madre dijo: “Es hora de ir a la cama”Todos los invitados se habían ido, y ya era hora de apagar las luces y subir las escaleras.

La casa estaba en silencio, pero María no podía dormir. Pensaba en el cascanueces que estaba bajo el árbol de Navidad.

Bajo las escaleras de puntillas, cuando abrió la puerta de la sala, se sorprendió al ver que el cascanueces, pero se veía más grande que cuando lo había dejado bajo el árbol. ¡Y su mandíbula ya no estaba rota!

El cascanueces parecía estar creciendo. Conforme se hacía más grande, su cara de madera iba cambiando lentamente. Ante los ojos de María, el cascanueces se convirtió en un supuesto príncipe. El príncipe le hizo una reverencia a María y le dio las gracias porque su acto de amabilidad había roto el hechizo bajo el cual se encontraba.

En ese momento, María escuchó rasguños y arañazos, junto con parloteos y chirridos. Levantó la cabeza y vio el cuarto lleno de enormes ratones grises “¿Qué hacen estos ratones aquí?” se preguntó María.

Al frente de los ratones se encontraba el Rey Ratón, que tenía siete cabezas y llevaba una espada. Justo cuando el príncipe saltó frente a María para protegerla, escucharon el sonido de una trompeta y un tambor.

De la caja del regalo de Fritz, que estaba bajo el árbol de Navidad, salió toda una tropa de soldados de juguete que crecieron a tamaño real en cuanto dejaron su caja.

Los soldados, dirigidos por el príncipe, comenzaron una gran batalla contra el Rey ratón y su ejército de ratones grises.

¡Qué gran batalla¡ Ambos ejércitos avanzaban y retrocedían peleando.

María empezó a temer que los ratones ganaran. El príncipe y los soldados de juguete parecían estar cansados.

Pero en ese momento, María vio la oportunidad de ayudar. Se quitó su zapatilla y la arrojo con todas sus fuerzas contra el Rey Ratón. ¡Al suelo fue a dar! La batalla terminó. Tan rápido como habían llegado, el ejército de ratones grises desapareció.

Ahora el príncipe estaba completamente libre del hechizo. Podría regresar a casa y a su reino “¿Vendrías conmigo?” Le pregunto a María, ¡Oh sí! Contestó la niña.

EL príncipe llevó a María hasta el árbol de Navidad, que parecía haber crecido más. Levanto sus brazos, y de pronto, el príncipe y la niña ya no estaban en la sala de María. Se encontraban en el reino del príncipe Cascanueces y alrededor de ellos había hermosas hadas bailarinas.

“Bienvenidas a la Tierra de las Golosinas” dijo el príncipe, María vio cosas que nunca hubiera soñado. Aquí, las casas eran de chocolate y bastones de menta. Había un río de limonada, y un lago de azúcar y leche de almendras.

María y el príncipe viajaron por el río de limonada, pasando por árboles de caramelo y flores de dulce. Navegaban en una barca con forma de concha.

Por último, llegaron a un brillante castillo hecho completamente de algodón de azúcar. Era el palacio del hada Ciruela, quién salió a recibirlos. El príncipe dijo:”María, con su amabilidad, me ha librado del hechizo en la batalla contra el Rey Ratón, en el momento justo, lo atacó con su zapatilla y me salvó”.

Cuando el hada Ciruela de Almíbar escuchó esto, invitó a María y el príncipe a sentarse en su trono real. Ofreció una gran fiesta para celebrar. ¡Todo en la Tierra de las golosinas vinieron! Cuando una música tintineante llenó el salón, el hada Ciruela de Almíbar bailó con gracia encantadora. Enseguida pasó un desfile de bailarines: bailarines chinos, bailarines árabes, que daban vueltas, bailarines rusos que saltaban y gritaban.

¡María nunca había visto algo sí!. Había bailarines de chocolate y bailarines de merengue, y hasta payasos bailarines. Justo cuando María ya no podía imaginar nada más gracioso, se vio rodeada por flores encantadas. Había hermosas flores por todas partes: botones de oro y narcisos, rosas y tulipanes. Parecían flotar mientras bailaban dando vueltas por el gran salón de baile.

Todos se unieron al baile. María estaba un poco temerosa de bailar.

Entonces el príncipe cascanueces se acercó y dijo: “Todo este baile es para ti. Tú también debes bailar .Ven conmigo” María y el príncipe dieron vueltas, vueltas, vueltas…

…Hasta que María estuvo tan mareada que ya no supo dónde se encontraba. Se frotó los ojos y se sentó. ¡Estaba debajo de su propio  árbol de Navidad! En su propia casa. Y junto a ella se hallaba el  cascanueces. ¿Dónde estaba el príncipe?¿Y los bailarines?¿Y el hada Ciruela de Almíbar? Oh, ¿acaso todo había sido un sueño?

 Autor: Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (versión resumida)

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