EL BOSQUE DE LAS HADAS

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EL BOSQUE DE LAS HADAS

Allí donde la estepa terminaba, en las inmediaciones de un espeso bosque, existía la cabaña de un viejo campesino que vivía con sus dos nietas.
Una de las niñas se llamaba maría y la otra Tania. María era morena, de cabellos negros y ojos profundos como la noche, y Tania, rubia, de ojos claros y luminosos como una mañana de primavera.
Un día que el anciano estaba sentado a la puerta de la humilde casa, fumando en su pipa, las dos niñas se le acercaron.
-¡Ya viene el invierno, abuelito! -dijo Tania, señalando hacia el cielo-. los pájaros se alejaban en bandadas.
-¿Por qué no nos vamos nosotros también? -preguntó maría.
-¿Adonde? -se entristeció el abuelo, separando la pipa de sus labios-. somos pobres, apenas tenemos comida y los rigores del largo invierno van a caer sobre nosotros; pero, por lo menos, disponemos de un techo donde guarecernos.
-¡El frío acabará con nosotros! – dijo Tania.
-En nuestra choza disponemos de una buena chimenea -repuso el abuelo.
-¿De qué nos sirve la chimenea?- intervino maría con pesar-, si el bosque pertenece al conde Orlof y sus soldados no nos permiten cortar ni siquiera los árboles secos para hacer leña?
-No hay que desesperar, hijitas- dijo el anciano-. ¿Acaso no hemos soportado el invierno todos los años?
Sin embargo, Tania y maría decidieron que era necesario hacer algo para remediar la triste situación que se avecinaba.
-Iremos al bosque -propuso Tania -y pediremos a los soldados del conde, que nos permitan recoger un poco de leña.
-Sí, hermana -se animó maría-. Tal vez alguno de ellos se compadezca de nosotras. Probar no nos cuesta nada.
-¿A dónde vais, niñas? -les preguntó un oso que encontraron en la entrada del bosque.
-Vamos a pedir un poco de leña a los soldados del conde. -respondió Tania.
-¡Hum! -gruño el oso-. Será perder el tiempo, pues no os servirá de nada.
En efecto, las órdenes del conde eran tan severas, que los soldados aunque conmovidos por las súplicas de Tania y maría, no se atrevieron a concederles el permiso.
-Salid lo antes posible del bosque, les recomendó uno de los soldados, mirando con inquietud a uno y otro lado-. si nuestro capitán os sorprende, se enfadará mucho. Es un hombre con muy mal genio, pequeñas.
-Sí, nos vamos en seguida -dijo Tania.
-Yo os acompañaré -intervino Iván, un pequeño corneta muy simpático y amable-. El bosque es muy grande y espeso y corréis el peligro de extraviaros.
-¡Oh! -lloraron las dos niñas, caminando junto al corneta-. ¿Qué será de nosotras y de nuestro abuelo este invierno que se avecina? no tenemos leña ni comida y nos vamos a morir de frío.
-¿Por qué no os dirigís a las hadas? -les sugirió el pequeño soldado.
-¿Las hadas? -se sorprendió Tania-. No sabía que en este lugar las hubiera.
-Yo las vi el otro día -aseguró Iván-
-¿Cómo eran? -preguntó maría.
-¿Hablaste con ellas? -quiso saber Tania.
-No – repuso el corneta-. No me atreví a acercarme. ¡Eran tan hermosas! iban vestidas de seda y oro y sus rostros resplandecían como si fueran de luz.
-¿Por qué no vamos a su encuentro? -propuso Tania a su hermana.
-Hoy ya es demasiado tarde -dijo maría-, y nuestro abuelo estará impaciente. Volveremos mañana.
Al día siguiente, las dos niñas volvieron al bosque. Después de recorrerlo en todas direcciones, encontraron por fin a dos hermosas hadas.
-¡Todavía son más bellas de lo que nosotras imaginábamos!
-¿Qué buscáis en este lugar? -preguntó una de las hadas.
Tania, que era la más decidida de las dos hermanas, explicó sus cuitas al hada.
-No os preocupéis -dijo la más joven de las hadas-.
Volved a vuestra cabaña, que todo se arreglará.
Las dos niñas se marcharon muy animadas, confiando en la promesa de sus protectoras.
-¡Ja, ja, ja! -se rió una de las supuestas hadas, que en realidad eran las hijas del conde Orlof-. ¡nos han tomado por las hadas de este bosque!
-Sin embargo -dijo la otra-. Hemos hecho una promesa, y debemos cumplirla.
Las dos jóvenes, que eran muy traviesas, pero de nobles sentimientos, subieron a la azotea del palacio de su padre y empezaron a soplar sobre la chimenea.
-¡Eh! -se enfadó el conde Orlof, que estaba sentado junto al fuego-. ¿Qué significa este humo?
-¡Somos las hadas del bosque! -gritaron sus hijas a través de la chimenea-. si no eres generoso con el anciano y las niñas que viven en la cabaña que hay junto al bosque, sufrirás un gran castigo.
El conde, asustado, ordenó a sus soldados que llevaran leña y comida a la cabaña donde habitaban Tania y maría con su abuelo.
-¡Oh! -exclamó en anciano-. ¡Todo se lo debemos a la generosidad del señor conde!
-¡No! -aseguró Tania-. Se lo debemos a la ayuda de las hadas-. Dos hadas muy hermosas, vestida de seda y oro, y cuyos rostros, radiantes de bondad, resplandecían llenos de luz.

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