EL BATALLÓN DEL TIGRE BLANCO

EL BATALLÓN DEL TIGRE BLANCO

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EL BATALLÓN DEL TIGRE BLANCO

En el año 1868 empezó la restauración del Japón, llamada restauración imperial de Meiji. Durante los doscientos sesenta y seis años que precedieron a esta fecha, los shogunes Tokugawa, nombrados por el emperador, gobernaban el país.

El Japón, que había estado cerrado durante largo tiempo a los extranjeros, se abrió al comercio exterior, y las relaciones con las potencias fueron reanudadas al fin de la época Tokugawa.

Por entonces hacía algunos años que un cierto número de daimios y de fieles partidarios de la familia imperial se oponían al gobierno del Shogun. El decimoquinto shogun Tokugawa Keiki resolvió devolver el poder real al emperador. Pero los daimios y los samuráiss, que le sostenían, no quisieron ni oír hablar de este cambio. Sin embargo, Tokugawa Keiki realizó su proyecto, y resignó sus funciones en manos del emperador. Dejó el castillo de Edo a los funcionarios del soberano. Fue entonces cuando se libraron entre el ejército imperial y los samuráis, partidarios del Shogun, los célebres combates de Ueno y de Aizú.

El castillo de Wakamatsú, capital de la región de Aizú, tiene fama de ser el más fuerte de los que erizan el norte del Japón. Construido por un daimio famoso, Gamo Ujisato, tenía por señor, en el momento de los combates de que hablamos a Matsudaira Kata-yasú. En el centro feudal de Aizú las artes militares estaban muy desarrolladas y los guerreros tan bien ejercitados cuan vigorosos.

Estos guerreros estaban repartidos en cuatro grupos o tai, que llevaban los nombres de Gorrión rojo, Tortuga negra, Dragón azul y Tigre blanco. El batallón de la Tortuga negra estaba compuesto por viejos samuráis; el del Tigre blanco estaba reclutado entre la gente joven. Así, el grupo del Tigre blanco era el más fuerte. Los que lo formaban no sólo habían aprendido francés, sino que había estudiado el arte militar a la francesa, como era corriente en la época.

Este cuerpo escogido llegó a ser más tarde la guardia del señor de Aizú.

El 22 de agosto de 1868 dos mil soldados del ejército imperial atacaron el castillo de Wakamatsú, después de haberse apoderado de los baluartes próximos. El comandante del ejército imperial, al frente de sus tropas, se lanzó sobre la puerta principal del castillo. Del interior salió a su encuentro uno de los bravos samuráis de la guarnición y, en el transcurso de un furioso combate, malparo a unos cincuenta soldados del ejército imperial que habían acudido en socorro de su jefe. Los dos valientes, completamente solos, se enfrentaron en combate singular. Heridos uno y otro, no se sabía por quién de los dos se inclinaría la victoria.
Mientras tanto, un grupo de jóvenes guerreros atacó el flanco del ejército imperial, lanzando grandes gritos. Éste, a pesar de su valentía tuvo que replegarse. Era el batallón del Tigre blanco el que se había lanzado a la pelea, bajo las órdenes de Hiuga Naiki. Así comenzó una lucha que prosiguió con diversas alternativas.

Los samuráis del castillo se defendieron con tal furia contra el ejercitó imperial, que éste, habiendo deliberado, Se vio obligado a disponer el asedio en toda regla. El ejército imperial bloqueó completamente el castillo, impidiendo todo avituallamiento. Una hormiga no habría podido pasar. Los samuráis del castillo no tardaron en sufrir hambre. El arroz y la sal disminuían de día en día. Cuando ya no quedó nada, se comieron los caballos y después los perros. Mas la valerosa guarnición se abstuvo bien de mostrar su desamparo al enemigo. Los guerreros cantaban como si fueran muy felices, y a veces, se entretenían en lanzar cometas al aire. Las provisiones se agotaban y los samuráis se debilitaban, a medida que las tropas imperiales recibían nuevos refuerzos. El señor del castillo vio que no había la menor probabilidad de victoria y que los hombres de su guarnición, uno tras otro, iban a morir de hambre. No quiso tan triste suerte para quienes le defendían fielmente. Ordenó, pues, abrir la puerta del castillo al ejército imperial y luchar hasta morir.

Era el 24 de septiembre. Había transcurrido un mes largo desde el comienzo de la batalla de Aizú. La guerra tocaba a su fin.

Mas ¿qué se hizo del batallón del Tigre blanco?

Los bravos jóvenes que lo componían encontraron una muerte gloriosa en el campo del honor. Voy a referiros cómo murieron estos héroes.
Cuando se decidió que las puertas del castillo de Wakamatsú se abrieran a las tropas imperiales, el Jefe del batallón del Tigre blanco hizo circular por la villa una ordenanza en que llamaba a las armas a todos los jóvenes del grupo. Éstos aguardaban con febril impaciencia la orden de volar al campo de batalla. Hicieron con alegría sus preparativos y se reunieron en orden de combate en el interior del castillo.

Ya he referido el primer encuentro, en el cual se hizo célebre el batallón del Tigre blanco. Sin embargo, esta gloria no satisfizo a los intrépidos jóvenes. Treinta y ocho de entre ellos, los más bravos, pidieron a su jefe permiso para marchar a la vanguardia en el combate del día siguiente. El jefe consintió. Los guerreros escalaron una pequeña altura bastante próxima, que se encontraba al este de la carretera y, sin más tardar, determinaron el orden en que cada uno iría a la batalla.

Sabían que la lucha que iban a pelear por su señor y por su país sería para ellos la última. Ninguna esperanza de victoria les quedaba; el número les aplastaría. Decidieron luchar hasta el último suspiro, para mostrarse dignos de los beneficios de su señor y de los principios gloriosos que les habían inculcado sus padres.

No pensando más que en la alegría de combatir, los jóvenes no lograban conciliar el sueño; pasaron la noche bailando el kembú (1), o hablando de la manera de batirse al día siguiente; escribiendo a sus madres para contarles los combates pasados. Así, toda la noche, en el campamento de los del Tigre blanco resonó la más franca y viril alegría.
Desde la aurora del 23 de agosto una espesa niebla cayó, acompañada de una fina lluvia, de suerte que nada se distinguía. Los valientes avanzaron, no obstan-te, y bien pronto tropezaron con el ejército imperial. Al grito de ¡adelante!, el batallón del Tigre blanco comenzó la lucha. Como el enemigo era bastante superior en número, los jóvenes permanecieron muy juntos, ofreciendo un grupo compacto.

La lluvia comenzó a arreciar y el ejército imperial, reforzado continuamente, logró rodear por tres lados la valiente y pequeña tropa, que fue acometida con redoblado ardor.

No quedaban ya más que diez y nueve valientes en estado de combatir. Los otros, incluso el comandante, habían perecido en la pelea. Entonces, les resultó forzoso retroceder un poco, al abrigo de la montaña, lo que les permitió reconfortarse y descansar algunos instantes.

Los jóvenes guerreros, una vez contados, se apercibieron que no eran más que un puñado de combatientes. Por la noche retrocedieron todavía más en la montaña para vivaquear. Llenos de ardor, esperaban reanudar la marcha al día siguiente y marchar adelante, si se presentaba una ocasión favorable.
Al otro día, una fuerte columna, que marchaba en dirección al castillo de Wakamatsú, pasó por la carretera, al pie mismo de la montaña. Los jóvenes, suponiendo que éstos serían sus camaradas, se adelantaron. Una descarga de fusilería les acogió, obligándoles a refugiarse en la montaña por un sendero extraviado. Sobre este camino abríase en la vertiente de la montaña una caverna, que comunicaba con el castillo por una vía subterránea y secreta. Cuando los jóvenes combatientes quisieron penetrar en ella, el enemigo ya los había visto, y un fuego de mosquetería bien nutrido les quitó este medio de retirada.
Uno de los jóvenes, que marchaba a la cabeza del grupo, recibió un uno en el muslo izquierdo. Cayó boca arriba. Sus camaradas se apresuraron a recogerle y le llevaron a una altura, el monte Imori, procurando esquivar los proyectiles, que llovían.
Llegados arriba, los supervivientes del batallón del Tigre blanco dirigieron su vista hacia el castillo. Las voces de los combatientes, el trepidar de los disparos, el retumbar continuo del cañón, conmovían el cielo y la tierra. De pronto un violento incendio iluminó la torre del castillo y un torbellino de humo espeso y negro se elevó por los aires. Los jóvenes, testigos de este espectáculo, se remangaron en ademán de desafío y rechinaron los dientes.

Uno de ellos exclamó:
—Ahora no nos queda más que volver al castillo y morir por su defensa. Otro continuó:
—Hemos ofrecido el sacrificio de nuestras vidas. El enemigo es numeroso y nosotros somos pocos. Si avanzamos sin prudencia y nos hacen prisioneros caerá sobre nosotros el deshonor. Antes, con alegría, démonos la muerte.

Un tercero observó:
—Los dos tenéis razón. Pero aún quedan balas para nuestros fusiles, y nunca será tarde para morir, una vez que hayamos agotado las municiones.

Todos estuvieron conformes con esta opinión. Los supervivientes del batallón del Tigre blanco descendieron las pendientes de la montaña, disparando siempre sus fusiles, a través del bosque, hasta que no les quedaron más cartuchos.

—¡Ahora podemos morir! —gritaron de común acuerdo.

Y subieron de nuevo a la montaña.

Llegados a la cumbre, eligieron un paraje desierto, que les pareció a propósito para realizar su designio, y allí se ordenaron en línea. En este instante supremo, varios sentimientos agitaban sus corazones.

Uno dijo dulcemente:
—¿Dónde está mi casa? ¿Habrá ardido ya? —y diciendo esto, se alzaba sobre la punta de los pies para ver mejor.

Uno de los camaradas, que tenía más edad, le reprendió severamente.

Otro, que también era mayor, alentaba a sus jóvenes compañeros:

—Mi madre, al despedirme, me ha dicho, en previsión de que llegara este día: «¡Guarda sin tacha el nombre que te legaron tus antepasados!»

Al momento todos estuvieron dispuestos a morir. Con una última mirada saludaron al castillo, al que dirigieron este adiós:

—Aquí estamos diecinueve, a quienes la suerte de las armas fue desfavorable. Morimos voluntariamente sobre el monte Imori. Pero nuestras almas quedarán siempre en este lugar y guardarán el castillo. ¡Señor…, padre…, madre…, tened a bien mirarnos!
Pronunciadas estas palabras, unos se abrieron el vientre, otros se cortaron la garganta, otros se atravesaron mutuamente con sus sables.
En un momento la hierba del monte Imori quedó teñida de sangre generosa y cubierta como de un afeite rojo.

De los diecinueve héroes, diez no tenían más que diecisiete años y nueve solamente dieciséis.

Apenas acababan de expirar, una vieja, que huía de la batalla, pasó por el lugar donde yacían los jóvenes guerreros. La tristeza del espectáculo la emocionó. Pero su alma, templada por las desgracias de los tiempos, era fuerte. Exclamó:
—¡Qué desgracia ver así tendidos para siempre a estos magníficos jóvenes! Aunque cayeron por su patria, es grande desgracia ésta. Mas no parece que estos héroes hayan muerto hace mucho tiempo. Puede ser que alguno de ellos respire todavía. ¡Veamos!

La buena vieja se apresuró entonces, por si acaso un socorro fuera todavía útil. Iba de un cuerpo a otro, sin encontrar en quién emplear su abnegación.

No obstante, uno de los jóvenes parecía respirar débilmente. Sin esperar a mas, la buena mujer lo transportó a la casa de un campesino, que vivía no lejos de allí; se instaló a la cabecera del moribundo y le cuidó lo mejor que supo, tan bien, que le salvó.

El superviviente, que se llamaba Inuma Sadao, vivió muchos años y sirvió fielmente a su país.

Todos sus compañeros habían muerto. Terminada la guerra y comenzada la época del Meiyi, el recuerdo de la valentía del batallón del Tigre blanco siguió siendo amado por el corazón japonés. No había nadie que no comprendiera cuan grande había sido el ejemplo de su heroica fidelidad.
Una emocionante ceremonia religiosa fue celebrada en honor y memoria de los héroes, y en la cumbre del monte Imori pequeñas tumbas de piedra fueron alineadas en el lugar mismo donde aquellos héroes ofrecieron el sacrificio de sus jóvenes vidas.

El tiempo, las lluvias, las escarchas podrán destruir la piedra; mas los nombres de los héroes del batallón del Tigre blanco quedarán grabados para siempre en los corazones japoneses.

(1) Danza del sable, donde se imitan los combates, cantando poemas guerreros.

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