¿EDUCAMOS IGUAL A NUESTROS HIJOS E HIJAS??

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Educamos igual a nuestros hijos e hijas

Desde la infancia, las personas son educadas de distinta manera en función del sexo: a la mayoría de las bebés se les pone un traje rosa y a la mayoría de los bebés, azul; cuando crecen un poco se les dan juguetes diferentes, se les suele hablar y coger de distinta manera y se espera que los niños actúen de distinta forma que las niñas. A través de gestos, juguetes, comentarios y la realización de diversas tareas, se va orientando a los niños y a las niñas hacia el desarrollo de distintas habilidades, capacidades y actividades.
Así, cuando las niñas juegan con muñecas o con juguetes relacionados con la enfermería o el cuidado de otras personas, están aprendiendo a atender a las necesidades ajenas, a realizar la actividad afectiva y los cuidados que han visto hacer a sus madres y a otras mujeres. Los juguetes de los niños son bien distintos, e incluso algunos de ellos, los bélicos, requieren el desarrollo de actitudes opuestas a los cuidados y a la capacidad para atender a las necesidades y sentimientos ajenos. Si un niño siempre juega con pistolas, tanques y muñecos y videojuegos donde los protagonistas agreden a quienes consideran sus enemigos, tendrá menos capacidad para tener en cuenta los afectos, los sentimientos y las necesidades ajenas. Su capacidad para desarrollar la empatía (ponerse en el lugar de la otra persona, teniendo en cuenta sus sentimientos) y para relacionarse de manera cooperativa y pacífica quedará limitada, y probablemente tenga que reprimir sus afectos para demostrar que es un hombre como el que ha visto en videojuegos, películas, etc.
Esta educación hace que tantas personas sientan malestar cuando se relacionan con el otro sexo, puesto que existe un desequilibrio entre la educación de las mujeres (más orientada hacia la entrega, el cuidado y el apoyo a otras personas) y la educación de los hombres (más orientada hacia el logro personal y la obtención del afecto y la atención de las mujeres). El desencuentro perjudica fundamentalmente a las mujeres, aunque también a los hombres y a la relación entre ambos, y se vuelve especialmente grave en los casos de violencia contra las mujeres. En éstos, los hombres que han aprendido a usar la violencia como medio para alcanzar sus fines suelen recurrir a ella cuando sus objetivos no concuerdan con los de las mujeres, y la utilizan para imponer así sus deseos. En estos casos, estos hombres están considerando que ellas deben satisfacer sus necesidades y deseos, sin tener en cuenta los de éstas.
Aunque la educación no influye de la misma manera en todas las personas y muchas piensan que están educando en los mismos valores y actitudes a los chicos y a las chicas, la mayor parte de los libros de texto, las películas, los videojuegos, los cuentos infantiles y las familias reproducen la desigualdad que existe en la sociedad. El simple hecho de que sean fundamentalmente mujeres quienes se ocupan de detectar y atender a
las necesidades afectivas, de comida, alimento, aseo, limpieza, etc. de sus familias, hace que las niñas y los niños aprendan que son mujeres quienes tienen que hacerlo. Es más, la mayor parte de los juguetes para niñas tienen que ver con el trabajo doméstico y los cuidados, mientras que la mayoría de los juguetes para niños son bélicos o están orientados a la realización de algún deporte (como el fútbol).
Todo esto crea un reparto desigual del trabajo doméstico, del trabajo amoroso y del ocio en el mundo: tanto en el mundo laboral como en la familia y otros espacios de convivencia, suelen ser mujeres quienes se ocupan de dar más atención afectiva, de cuidar a otras personas y de mantener un entorno agradable.
En el mundo del trabajo remunerado, las mujeres se emplean fundamentalmente en las profesiones relacionadas con la salud (especialmente las que implican una atención más directa con la persona, como enfermería o cuidador/a), la enseñanza de infantil a secundaria, de atención a otras personas (teleoperador/a, etc.) y el embellecimiento del entorno y del cuerpo (peluquera, diseño de interiores…).
Tanto cuando se reconocen como cuando no se valoran, las necesidades de afecto y cuidado de las personas son comunes a hombres y mujeres. La diferencia es que gran parte de los hombres las tienen cubiertas (sobre todo, en parejas formadas por un hombre y una mujer), mientras que gran parte de las mujeres, no, debido a la orientación de las mujeres hacia la atención de las necesidades y los afectos ajenos y la orientación de los hombres hacia otras actividades, esperando recibir las atenciones femeninas.

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