DREIDE Y NAOIS (2ª Parte)

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A media noche brillaba ya la luna llena sobre las velas y el viento tiraba de las cuerdas. Deirdre sacó el arpa y entonó una suave canción. Su tristeza hizo callar a los hermanos, que alzaron los ojos al cielo mientras ella cantaba, tendiendo sus corazones a los astros.
Por fin, pudieron contemplar el amanecer sobre los blancos acantilados del norte de Irlanda.
Una vez en tierra, Fergus se adelantó a caballo para comunicarle al rey que habían llegado los hombres a quieres había llamado.
-Mostradles ahora vuestra bondad -le dijo.
-No estoy preparado para recibirlos -contestó
Connacher- Envíalos a la Gran Llanura, a la Posada de la Rama Roja. Mi casa estará lista mañana.

Los viajeros se instalaron. A última hora de la noche, el rey Connacher mandó llamar al guerrero Gelban
Grednach.
-Ve a la Posada -ordenó- en la que se hospeda Deirdre esta noche y dime si conserva su belleza. Debo saberlo enseguida.
Grednach bajó a la Posada a toda prisa. Sin aliento, se asomó por la ventana para verlos a los cuatro y se fijó en Deirdre.
Tan grande era su belleza que jadeó, delatando así su presencia. Naois alzó la mirada y vio a Grednach mirándolos. Cogió unos dados que había sobre la mesa y los arrojó hacia la ventana. Uno de ellos alcanzó a Grednach en un ojo y lo dejó tuerto.

Grednach salió de allí dando gritos y volvió corriendo a donde estaba el rey, que caminaba impaciente por su habitación.
Grednach entró con la cara toda ensangrentada.

-¿La has visto? -preguntó el rey.
-La he visto y, mientras me asomaba, Naois me ha sacado un ojo -contestó, encogiéndose de dolor.
-¿Qué aspecto tiene?
-Os diré la verdad. Aun tuerto, de no ser por vuestra urgente petición mi único deseo habría sido seguir allí contemplándola durante toda la vida.

Connacher montó en cólera e hizo que se reunieran enseguida cien valerosos hombres en su salón.

-Id al instante a la Posada. Matad a los forasteros y traedme viva a Deirdre o moriréis todos.
Los guerreros se aprestaron para la batalla. Pero sin que el rey lo supiera, Levercham había estado oculta entre todos ellos y se adelantó a toda prisa para avisar a los hijos de Uisnach.

-Mis hermanos y yo lo impediremos -dijo Naois al enterarse.
Así pues, hicieron rápidos preparativos para la batalla. Salieron al gran llano armados hasta los dientes, avanzaron por el campo y se escondieron tras una hilera de árboles.

Desde que existe el mundo los hombres llevan milenios guerreando entre sí, pero esa noche no había hombres tan en desventaja como los Hijos de Uisnach. Empero, no es menos cierto que tampoco los había de corazón tan noble. De hecho, si hubiera que medirlos por su espíritu, cada uno de los hermanos equivalía a veinte guerreros normales.
Los guerreros del rey aparecieron rápidamente en el lindero del llano y los jóvenes héroes entraron directamente en la lid. Sus espadas refulgían en la oscuridad con ígneos destellos azulados, tan soliviantados tenían los ánimos los que habían sido traicionados.
Con el entrechocar de las espadas resultaba imposible distinguir quién desafiaba a quién y la hierba se empapó de sangre hasta quedar convertida en un gran charco resbaladizo. Al terminar la batalla, los hermanos habían conseguido abatir a los cien guerreros del rey.

Connacher llegó al lindero del llano y prorrumpió en exclamaciones de ira, pero los Hijos de Uisnach y Deirdre ya regresaban a casa atravesando en la oscuridad la gran llanura.
El rey mandó llamar a Cathbad el druida y, esfonzándose por conservar la calma, le dijo:

-Detenlos o haré que te destierren para siempre. Sin decir palabra, Cathbad puso manos a la obra e hizo crecer en la llanura un bosque lleno de tupidos matorrales, pero los hermanos lo atravesaron con facilidad, como si no hubiera más que aire.
Convirtió después la llanura en un mar de aguas gélidas. Los hermanos se quitaron la camisa, Deirdre se encaramó a los hombros de Naois y nadaron contra el rugir de la corriente. Su velocidad no disminuyó y los hermanos avanzaron tan aprisa como lo habían hecho antes a pie.
Al ver aquello, el rey frunció el ceño y el druida temió por su vida. Alzó los brazos y el mar se convirtió en piedra, disparándose al aire rocas afiladas como espadas que entrechocaban con gran estrépito, como monstruosas muelas de un enorme gigante de granito.
Los hermanos corrieron sobre las piedras, resbalando y cayendo en múltiples ocasiones. Por último, el más joven de ellos, Allen, lanzó un grito de dolor y Naois lo cargó sobre su hombro derecho, aunque no tardó en morir. Naois no lo soltó sino que siguió llevándolo sobre el hombro. Buscó con la mirada a Arden, pero, para desgracia suya, vio que también había muerto y eso le arrebató el deseo de vivir.
A causa de las heridas o de la pena o, seguramente, de las dos cosas juntas, Naois se desanimó y resbaló entre dos piedras. Tendido entre las hirientes rocas, cayó presa de un total desaliento y murió sin decir palabra. En ese preciso momento, la llanura volvió a ser de hierba.

-Ya se han ido -dijo Cathbad- Los Hijos de Uisnach han muerto y ya no os molestarán más.
Dicho esto, el druida volvió a desaparecer en la noche.

El rey fue a contemplar a Deirdre con sus propios ojos. La encontró arrodillada sobre Naois y sus hermanos, sollozando sin palabras.

Sin dejar que se recuperase de su profundo dolor, el rey ordenó que la llevasen a su palacio y la encerraran. Después hizo cavar una tumba para los hermanos en el mismo lugar en que yacían. Se colocó en aquel lugar un menhir sobre el cual se grabó el nombre de Uisnach.
Cumplida la profecía, Deirdre permaneció una quincena en la residencia de Connacher. No podía comer ni conciliar el sueño. Transcurridos treinta días, llegó el invierno y un suave manto de nieve cubrió el mundo que divisaba a través de su ventana.
Deirdre pidió a un guerrero que le trajese su arpa y allí, sola en su cuarto cerrado, le cantaba a Naois en voz baja, pues sabía que moriría en cuanto Connacher lo ordenase.
Dirigiendo la vista a la vasta llanura vacía, cantaba:

En cielos de gélida nieve
por los que vagan vientos de tristeza
arde débilmente un sol rojizo.
Fuiste mi hogar
allá donde yo iba.

En campos verdes
ahora desconocidos
con tu nombre sobre
el menhir,
el amor invita
a una última llamada
cuando la muerte comienza
a caer de la vida.

Los arroyos no van ya
a mareas de mares lejanos.
Un amor no puede envejecer
sin recuerdos:
tus brazos, mi hogar
en que dormía.

En campos verdes
ahora desconocidos,
con tu nombre sobre
el menhir,
el amor invita
a una última llamada
cuando la muerte comienza
a caer de la vida.

Todas mis lágrimas
se despliegan ahora.
¿Cómo podré ahora
envejecer yo sola?
Vierten sus luces los astros polvorientos
cuando desde la vida
va la muerte en silencio
deslizándose lentamente hacia la noche.

Por la mañana, cuando quiso llamarla el rey, Deirdre estaba ya muerta. El rey la hizo enterrar en las colinas en que había pasado su infancia. Pero un pequeño grupo de gente acudió de noche, clandestinamente, y la llevó a la Gran Llanura, a otra tumba contigua a la de Naois. Los aldeanos señalaron las dos tumbas clavando sendas estacas de madera en el suelo.
Dos años más tarde, crecían junto al menhir dos hermosos tejos. Aunque entre sus bases había una separación de dos metros, los troncos habían crecido juntos y entrelazados. Unidos por sus ramajes, formaban un solo árbol.
Aunque el menhir de piedra se convirtió ya en polvo, los árboles siguen aún vivos en ese lugar.

Leyenda Celta.

 

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