Don Munio Sancho de Hinojosa (3ª Parte)

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Don Munio Sancho de Hinojosa

Mientras se libraba en las cercanías de Uclés esa cruenta batalla, desastrosa para las huestes cristianas, doña María Palacín, en su castillo, experimentaba una rara inquietud. Aunque siempre se angustiaba cuando su esposo iba a guerrear, jamás había sentido tanta ansiedad como aquellos días. Se pasó horas enteras en la capilla, orando y sólo, de vez en cuando, salía de ella para dirigirse hasta la más alta almena del castillo, donde estaba apostado un centinela, con el encargo de avisarla en cuanto advirtiese la menor señal del posible regreso de don Munio.
– ¿Ves algo? -le preguntaba una y otra vez.
– Nada, mi señora. Los caminos que rodean el castillo están desiertos.
Y la angustia de doña María crecía hora tras hora y día tras día.
Un atardecer, por fin, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, cuándo doña María subió a la torre para hacer de nuevo al vigía la misma pregunta y el hombre le contestó:
– Por el camino del norte, el mismo por el que nuestro señor se marchó, creo advertir una gran polvareda que se acerca. Unos minutos de paciencia, mi señora, y pronto sabremos qué es lo que la provoca.
Minutos después, el vigía exclamó:
– ¡Albricias, mi señora doña María! Entre la polvareda del camino ya puedo distinguir a una numerosa comitiva. La componen soldados cristianos y guerreros moros y, al frente distingo también el estandarte de don Munio. ¡Nuestro señor regresa victorioso trayendo cautivos!
Doña María, oyendo aquellas palabras, sintió un alivio tan grande que le pareció que el corazón iba a estallarle en el pecho de puro gozo. Y se apresuró a dar orden a la guardia de que bajase el puente levadizo, mientras los centinelas tocaban sus trompetas y los servidores izaban las banderas y gallardetes.
– ¡Deseo que mi señor advierta desde lejos que el castillo todo se apresura a darle la bienvenida, alegrándose por su victoria! -había dicho la castellana.
Y la propia doña María, como era su costumbre, salió a esperar a don Munio, hasta el puente levadizo, seguida por su corte de damas, pajes y trovadores, vestida con sus mejores galas y adornada con sus joyas más valiosas.
Pero cuando la comitiva se acercó al castillo, la desdichada esposa advirtió con horror que su marido no iba como en otras ocasiones al frente de la tropa. En cambio, divisó un suntuoso féretro, enteramente cubierto con ropajes de terciopelo negro, ricamente bordados en oro, sobre el que yacía el cuerpo de un guerrero, vestido con su armadura y cubierto con el yelmo, mientras la mano sostenía aún la espada, como para demostrar que jamás se dio por vencido y que había muerto luchando hasta el fin. Y, alrededor del féretro, estaban todos los escudos de armas de la noble y linajuda casa de Hinojosa.
Como dijera el vigía, rodeaban aquel féretro una comitiva de guerreros cristianos y moros, estos últimos con semblante afligido y vestiduras de luto y cuando llegaron, el que parecía su jefe, se arrojó a los pies de doña María, ocultando entre las manos un rostro en el que se reflejaba el más sincero dolor.
La castellana reconoció inmediatamente al joven moro que años antes fuera apresado por su noble esposo, cuando marchaba en compañía de su prometida y cuyas bodas se celebraron en el propio castillo de don Munio. Era el valiente Abadil, con quien de nuevo se encontraba ahora en circunstancias muy tristes y penosas. Y fue el propio moro quien con entrecortadas palabras, le contó cómo él mismo había dado muerte a su esposo, en singular combate, debido a que no le había reconocido por llevar yelmo.
Doña María lloró lágrimas muy amargas, pero comprendiendo que en modo alguno podía culpar al moro por la muerte del esposo amado, le perdonó generosamente, permitiéndole, para tranquilizar su remordimiento, que colaborara en la construcción de la tumba en la que el cuerpo de don Munio debería reposar.
Y esa es la tumba que todavía puede admirarse entre las ruinas del antiguo claustro del convento de Santo Domingo.
La dulce esposa no tardó en extinguirse también, siguiendo a don Munio en ese último viaje, siendo enterrada junto a él. En la losa que cubre su cuerpo puede leerse una sencilla pero emotiva inscripción:
«Aquí yace María Palacín,
esposa que fue de Munio Sancho de Hinojosa.»
En esta inscripción está resumida toda una vida de afecto y comprensión, que bien puede decirse que fue tan hermosa como el monumento que perpetúa el gesto de un caballero árabe hacia su gran amigo que murió a sus manos.
Pero la leyenda de don Munio, ese gran hidalgo español, modelo de virtudes caballerescas no termina aquí.
El mismo día que tuvo lugar la batalla de los cristianos contra los moros, en tierras de Salamanca aconteció que, hallándose uno de los capellanes del Santísimo Templo de Jerusalén en la puerta, vio llegar una comitiva de caballeros españoles, que parecían ir en peregrinación. Casualmente, ese capellán había nacido y se había criado en Castilla y, así, reconoció fácilmente al jinete que iba al frente, y se apresuró a ir busca del patriarca.
– ¡Don Munio Sancho de Hinojosa, uno de los caballeros más preclaros y de mayor nobleza y abolengo de Castilla, ha llegado a las puertas de nuestro Templo! Le siguen setenta caballeros, cuyo noble porte refleja sin duda su también hidalga cuna.
El patriarca salió a la puerta para recibir personalmente a la comitiva, acompañado en procesión por sus sacerdotes, como correspondía a la dignidad y nobleza de los que llegaban. Pero a todos sorprendió en gran manera la actitud de don Munio y de los caballeros que le acompañaban. Con los yelmos en la mano, en señal de respeto hacia el lugar santo en el que se encontraban, entraron en la capilla sin saludar a nadie ni mirar a derecha ni a izquierda, apresurándose a arrodillarse ante el sepulcro de Jesús, rezando con ejemplar devoción sus oraciones. Y sus semblantes tenían una palidez mortal, así como también eran blancas y casi traslúcidas las manos que llevaban desprovistas de guantes.
Terminadas sus oraciones se levantaron disponiéndose a marchar y cuando el patriarca iba a acercarse a ellos, para saludarles y hablarles, advirtió que habían desaparecido.
– ¡Es un prodigio! ¡Es un prodigio! -exclamaron todos los presentes cayendo de rodillas ante el altar.
El patriarca se preguntó cuál podía ser la causa de ese suceso en verdad prodigioso y, para averiguarlo, anotó cuidadosamente día y hora en que se había producido, enviando después a un mensajero a Castilla, con el encargo de pedir noticias de don Munio Sancho de Hinojosa. Y el mensajero regresó con la respuesta de que el noble caballero español y sus setenta guerreros, habían muerto luchando contra los moros, aquel día y hora.
¡Aquellos, pues, debieron ser sin duda los espíritus de los nobles caballeros castellanos, llegados allí para cumplir con el voto que habían hecho de ir en peregrinación a Tierra Santa, para orar ante el Santo Sepulcro del Salvador! Porque, como dicen los viejos cuando cuentan esa leyenda a sus nietos, sentados todos al amor de la lumbre en las largas veladas invernales, «era tal la fe de los antiguos caballeros castellanos, que cumplían la palabra que empeñaban, aún después de muertos».
Autor: Washington Irving

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