Don Munio Sancho de Hinojosa (2ª Parte)

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Don Munio Sancho de Hinojosa

Después, don Munio y doña María, se preocuparon de preparar y organizar todo lo necesario para que las bodas se celebrasen con esplendor, como correspondía a la nobleza y dignidad de los contrayentes y también a su propia hidalguía y poder. De todas partes mandaron traer frutas y manjares exquisitos, así como los mejores vinos del país y también contrataron a músicos y juglares, para que divirtiesen a los invitados. ¡Durante mucho tiempo se habló en los alrededores de la magnificencia y esplendor de aquellas bodas, cuyas fiestas y banquetes duraron quince días! Hubo hasta corridas de toros, justas y torneos en la palestra, bailes y danzas… Por fin, la tarde del último día, cuando ya el sol declinaba en el horizonte, don Munio y doña María, rodeados de todos sus caballeros y damas, entregaron magníficos regalos a los novios, cuyas bodas acababan de celebrar, diciéndoles que libres eran ya de partir al día siguiente, en dirección a su ciudad.
Y al día siguiente, en efecto, el propio don Munio y sus setenta guerreros, escoltaron a la pareja y a su comitiva hasta la frontera española.
¡Así eran los antiguos caballeros españoles, valientes y aguerridos en las batallas, pero generosos y nobles en la paz y siempre hospitalarios para cuantos acogían bajo su techo!
Transcurrieron bastantes años. El suceso que acabamos de relatar pertenecía ya a las historias que las viejas contaban a sus nietos al amor de la lumbre. Don Munio, aunque siempre valiente y aguerrido, era ya un hombre en el umbral de la madurez y doña María tampoco era ya joven y las canas comenzaban a rodear su rostro que, aunque conservaba toda la belleza de su juventud, tenía ya algunas arrugas.
Y sucedió que un día el rey de Castilla convocó a todos los caballeros y nobles de su reino, para que le ayudasen en una campaña que quería organizar contra los moros, que cada vez se mostraban más osados y más a menudo hacían arriesgadas incursiones hasta los pueblos y ciudades cercanos a la frontera castellana. Naturalmente, don Munio, fue uno de los primeros que se dispuso en acudir a la llamada de su rey, acompañado de sus setenta valientes y fieles guerreros.
Cuando doña María lo supo, las lágrimas humedecieron sus ojos.
– ¡Oh, mi señor! -exclamó, mientras don Munio la abrazaba, intentando consolar su dolor-. ¿Por qué no cesas de pelear y guerrear…? Tu suerte te fue siempre propicia y jamás recibiste ni siquiera una herida, pero yo tiemblo y me acongojo, cuando te veo partir y ya no tengo descanso, mientras no te veo regresar sano y salvo. ¿Por qué no abandonas la sed de gloria que te consume y te decides a descansar a mi lado, en este castillo de tus antepasados…?
– No llores más, esposa mía -le contestó el caballero, sintiendo que su corazón se conmovía ante el dolor de la esposa amada- no olvides que no es nunca mi propia gloria lo que persigo en el campo de batalla, sino la gloria de Castilla. Por esa gloria, y porque ahora es el propio rey quien me llama, te ruego que aceptes una última separación…
– ¿Una «última separación», dices, esposo mío? -se sorprendió doña María, incapaz de creer que fuese realidad tanta ventura.
– En efecto, eso dije. Te prometo que en cuanto esa batalla, en la que nuestro rey está empeñado ahora, haya terminado, abandonaré las armas y después de realizada una peregrinación hasta el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, en Jerusalén, regresaré como tú deseas al castillo. Y ya no volveré a tomar la espada, excepto para defender nuestro hogar y nuestras tierras, si algún día los moros nos atacan.
Seguidamente, aquel voto, fue corroborado por los setenta caballeros y el pequeño ejército se dispuso a partir.
Doña María salió a despedir a su esposo, hasta el foso mismo del castillo y aunque la promesa que don Munio le había hecho, llenaba de consuelo su corazón, vio con dolor cómo las figuras de los guerreros se perdían a lo lejos, entre el polvo del camino, apresurándose después a refugiarse en la capilla, según era su costumbre, para rogar a Dios por el feliz regreso del esposo amado.
Cuando el rey de Castilla tuvo reunidos a su alrededor a todos los caballeros del reino, acompañados de sus guerreros y soldados, formando en conjunto un poderoso y bien armado ejército, los condujo hasta las llanuras de Salmanara y allí, en las cercanías de Uclés, tuvo lugar el encuentro con las tropas moriscas.
¡Qué batalla tan larga y sangrienta! Los moros, conocedores de antemano de los proyectos del rey castellano, armaron también un ejército poderoso y así, los cristianos, se encontraron con que el enemigo era superior en número. Una y otra vez retrocedieron las filas castellanas, para avanzar de nuevo gracias a la valentía y arrojo de sus capitanes. El noble Munio recibió no una, sino varias heridas, por las cuales manaba la sangre, manchando su brillante armadura pero se negó a abandonar el campo de batalla, como sus fieles caballeros le aconsejaban, y siguió peleando sin descanso, en defensa de su patria.
Por fin, la superioridad de los moros quedó de manifiesto y los cristianos tuvieron que iniciar la retirada definitiva, dejando sobre el campo de batalla muchas banderas y estandartes. Y en aquel instante, cuando don Munio iba a dar orden a sus guerreros de retirarse, siguiendo al grueso del ejército, advirtió que el rey, que también había estado luchando en primera fila, se encontraba en una situación muy apurada, rodeado de moros por todas partes, con evidente peligro de ser apresado por sus enemigos. ¡Y don Munio era un fiel vasallo! Por eso llamó a sus caballeros.
– El rey está en peligro. ¡No podemos abandonarle! Corramos a romper el cerco de moros que le rodean y guardémosle la retirada. ¡Se nos presenta la oportunidad de demostrar que somos leales! ¡Adelante, mis valientes! ¡Seguidme! Y no olvidéis que aunque muramos para salvar la libertad de nuestro rey y señor, ganaremos honra para nuestros hijos y para nosotros el derecho de gozar de una vida mejor. ¡Adelante, adelante, mis valientes!
La corta arenga de don Munio reavivó el entusiasmo y las decaídas fuerzas de sus setenta caballeros, y todos se lanzaron entre los moros, que cada vez en mayor número rodeaban al rey, abriéndole un camino por el que pudo ponerse a salvo, mientras ellos, como nuestro héroe había dicho, le guardaban la retirada, moviendo con increíble rapidez sus espadas, para atacar a los moros, al tiempo que con sus escudos se protegían de los ataques que a su vez recibían. Pero cada vez era mayor el número de enemigos y finalmente, todos los setenta caballeros cayeron víctimas de su lealtad al rey. Ni uno solo quedó con vida, pero todos lucharon hasta el último aliento con todas sus fuerzas y con todo su coraje.
Sólo quedaba don Munio. Frente a él tenía un moro de gran estatura y recias espaldas, que luchaba con singular maestría. La lucha era desigual porque el caballero español había recibido muchas heridas como dijimos y la pérdida de sangre le había debilitado. Y por eso, sin duda, cayó muerto.
La batalla había terminado. El rey cristiano huía del campo, seguido por los que no habían caído sin vida, mientras los moros, alegres, se apresuraban a apoderarse de los despojos que como justo botín de guerra les correspondían. El moro que había luchado con don Munio se inclinó sobre el caballero para tomar su escudo y su lanza, pero, al hacerlo, se desprendió el yelmo que cubría la noble cabeza del cristiano y al contemplar su rostro, el moro dio un alarido que llamó la atención de cuantos le rodeaban.
– ¡Qué desdichado soy! -exclamó-. He matado al hombre que en una ocasión me salvó de la deshonra y me protegió, dándome incluso su hospitalidad. ¡Era el más caballeroso de los hidalgos, el mejor, el más noble! ¡Triste destino el mío! Jamás podré consolarme por ese suceso, aun cuando la lucha haya sido justa, por encontramos ambos en distintos campos, obligados a ser leales a nuestros respectivos reyes.
Y sus amigos y compañeros de armas, comprendiendo su dolor, lo respetaron guardando un completo silencio y permaneciendo de pie y en actitud firme junto a él.

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