Don Munio Sancho de Hinojosa (1ª Parte)

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Don Munio Sancho de Hinojosa

La familia Hinojosa fue en antiguos tiempos, una de las más poderosas y nobles de la provincia castellana. En los claustros del que antaño fue convento benedictino de Santo Domingo de Silos, en el corazón mismo de Castilla, se alzaban los magníficos monumentos donde eran enterrados los caballeros de la familia, monumentos hoy destruidos en parte, pero cuyo valor puede todavía apreciarse.
Entre ellos destaca aún la figura de mármol de un caballero, a quien el escultor reprodujo enteramente armado y con las manos juntas y la cabeza inclinada como en oración. Su tumba es, sin duda alguna, la que con mayor fuerza reclama la atención de los visitantes entendidos, lo mismo anticuarios que historiadores, que gustan de admirar los relieves que adornan ambos lados. En el de la derecha el escultor esculpió a un grupo de caballeros cristianos, en el momento de capturar a una comitiva de moros y moras, ricamente vestidos; al otro lado, puede verse a esos mismos caballeros cristianos de rodillas ante un altar, en actitud humilde, pero todos vestidos con armaduras y cascos.
El guía que enseña el convento a los visitantes, gusta de explicarles la historia de ese nobilísimo caballero, historia que todavía se conserva en las viejas crónicas españolas y que sin duda seguirá conservándose y contándose aun dentro de muchos siglos, porque es hermosa y muy emotiva. Veréis:
Hace ya muchos, muchísimos años, cuando todavía el sur de España estaba en poder de los moros, vivió un noble hidalgo castellano, cuyo nombre, Munio Sancho de Hinojosa, era tan querido y respetado en todas las tierras de cristianos, como temido entre los moros. Su castillo y sus posesiones estaban situados en la misma frontera, por lo cual debía resistir continuos ataques, pero don Munio, además de su propio valor, contaba como punto fuerte en sus tropas con setenta jinetes castellanos, todos ellos de noble cuna y que se distinguían por su valentía y arrojo. Seguido por ellos, recorría incansable los alrededores de sus posesiones, respondiendo a los ataques moros con incursiones en tierra enemiga, de las cuales siempre regresaba victorioso. Y así, el salón de su castillo, se hallaba adornado con banderas musulmanas, ganadas en rudos combates, y también con yelmos, cimitarras, escudos y otras armas, ganadas a sus enemigos.
Además de hombre aguerrido, que no conocía el temor cuando se hallaba en el campo de batalla, don Munio era también un cazador experto y valiente, entendido en sabuesos y corceles propios para monterías, y también en halcones y piezas de reclamo. Por eso, cuando no se hallaba empeñado en alguna incursión en terreno moro o en preparar alguna batalla, organizaba cacerías y, siempre al frente de sus caballeros y con la jabalina en la mano, conseguía pieza tras pieza, librando así a sus campesinos de los jabalines, lobos y otros animales salvajes que gustan de atacar los ganados.
Doña María Palacín, su noble esposa, era muy distinta de él. De natural tímido y dulce, algunos amigos se asombraron cuando supieron de su matrimonio, afirmando que más de una lágrima derramaría sin duda la bella doña María, temiendo por la vida de don Munio, cuando él saliera a alguna de sus audaces empresas. Y así fue. Siempre que su esposo salía de cacería, tras las huellas de fieras peligrosas, pero principalmente cuando iba a guerrear, doña María, después de despedirle hasta el puente levadizo del castillo, se iba a la capilla y rezaba por su seguridad, mientras las lágrimas caían sobre su libro de rezos.
Un día, cuando don Munio y sus setenta caballeros se hallaban entregados al placer de la caza, nuestro héroe se separó un poco de sus acompañantes y se apostó, tras los árboles que bordeaban un claro del bosque, esperando que llegara un jabalí feroz, que desde hacía meses sembraba el terror en la comarca y al que pretendía dar muerte personalmente. Pero no llevaba allí mucho tiempo cuando oyó el ruido de unos caballos, que se acercaban, advirtiendo al momento, por el sonido de los cascos, que no se trataba de hombres de su séquito. Y, en efecto, al poco rato, vio aparecer una comitiva de moros, entre los que también distinguió a varias moras. Todos iban ataviados con mucho lujo, luciendo ricos trajes de seda bordados con oro y plata, chales de tisú adornados con pedrería y también hermosas joyas, en las que el sol reflejaba sus rayos. Encabezando la comitiva iba un joven árabe, montado en un brioso corcel ricamente enjaezado, destacando entre todos los demás caballeros, no sólo porque su traje era aún superior en lujo y pedrería, sino por la dignidad de su porte y por la elegancia que se desprendía de toda su figura.
A su lado cabalgaba en un caballo blanco una joven, cuyo vestido estaba completamente bordado en oro y piedras preciosas y cuyo rostro, que don Munio pudo contemplar por unos instantes gracias a que un soplo de brisa le levantó el velo, era de una singular hermosura, destacando en él los ojos, negros, rasgados y rodeados de largas y sedosas pestañas, unos ojos que brillaban de felicidad.
Don Munio agradeció a la suerte que le deparase aquella oportunidad.
– ¡A mi esposa le gustará que le lleve hermosas joyas como trofeo de hoy! -pensó. Y se apresuró a hacer sonar su cuerno de caza.
El toque resonó por todo el bosque. Y al momento los sorprendidos moros se vieron rodeados por los setenta caballeros de don Munio, así como también por los monteros que les acompañaban, rindiéndose al punto a los cristianos, superiores en número.
La hermosa doncella mora que cabalgaba a la cabeza de la comitiva, se retorcía las manos con desesperación y lágrimas muy amargas se desprendían de sus ojos, mientras sus doncellas y las demás damas que la acompañaban, sollozaban y gritaban llenas de congoja.
El joven árabe, sin embargo, conservó toda su dignidad y toda su entereza. Dirigiéndose a los que les rodeaban, dijo:
– Nos habéis hecho prisioneros, nobles cristianos. Pero decidme el nombre del caballero cristiano que os manda, porque quisiera hablar con él.
– Es don Munio Sancho de Hinojosa -respondió uno de los setenta guerreros.
Al oír esta respuesta, el semblante del joven moro se iluminó, mientras un caballero de noble porte se abrió paso entre los que rodeaban a los cautivos y deteniendo su caballo frente al joven, le dijo:
– Yo soy don Munio. Y dispuesto estoy a escuchar cuanto queráis decirme, pero antes quiero manifestaras mi sorpresa ante vuestra propia reacción y la de vuestros compañeros. ¿Por qué no habéis defendido vuestra libertad?
– De eso quiero hablaros, precisamente -respondió el joven cautivo, sin perder su aplomo ni su dignidad ni por un instante.- Y porque hasta mí ha llegado vuestra fama de caballero leal y noble, me ha alegrado saber que sois vos el jefe de estos caballeros. Pues sabed, señor don Munio, que mal podíamos defendernos, no llevando, como podéis comprobar, ni una sola arma sobre nuestras personas. Yo soy Abadil, el hijo mayor de un alcalde moro y voy pacíficamente de camino en compañía de este grupo de amigos y sirvientes que aquí veis, para celebrar mis bodas con esa joven, a la que conduzco desde el palacio de su padre a la fortaleza del mío. Vuestra suerte y nuestra desgracia han hecho que cayésemos en vuestro poder, pero confío, como os dije, en vuestra nobleza y también en vuestra magnanimidad. Tomad todas nuestras joyas y cuanto dinero llevamos en nuestras bolsas, todo os lo entregamos de buen grado, pues vuestro es en justicia, como botín. Y también es justo que pidáis por nuestras personas un rescate. Pero no permitáis que se nos insulte, ni deshonre, y cuidad también de que mi prometida, así como las doncellas, amigas y criadas que la acompañan, sean tratadas con consideración y respeto.
El buen caballero don Munio se conmovió oyendo una súplica tan digna y a la vez tan emotiva, y también al advertir la desesperación y cuanta tristeza, reflejaba el hermoso rostro de la joven prometida.
– Jamás me perdonaría que por mi se destruyera vuestra felicidad. Cautivos míos sois, en efecto y así, es deseo mío que permanezcáis durante quince días en mi castillo, reclamando, como botín de guerra, el derecho a celebrar vuestros esponsales.
Serenóse el rostro de la hermosa prometida al escuchar tan generosas palabras y el joven moro, a su vez, reconocido a don Munio por su nobleza e hidalguía, se inclinó ceremoniosamente y le besó la mano.
Seguidamente los guerreros de don Munio se dispusieron a dar escolta a la comitiva nupcial, mientras uno de los monteros era enviado por delante al castillo, para anunciar a doña María la llegada de los inesperados invitados. Así, cuando se acercaron, vieron cómo los soldados de la guardia enarbolaban banderas y gallardetes, mientras resonaban las trompetas desde las almenas y se bajaba el puente levadizo. La propia castellana salió a dar la bienvenida a los que llegaban, acompañada por su escolta de dueñas, pajes y trovadores, preocupándose personalmente del alojamiento de la joven prometida, que se llamaba Allifra y que correspondió con reconocimiento y afecto, a la ternura fraternal con que doña María la besó y estrechó entre sus brazos, en cuanto la vio.

 

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