Anda no sé adónde, busca no sé qué

Anda no sé adónde, busca no sé qué (2ª Parte)

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Anda no sé adónde, busca no sé qué

La rana se infló y de un salto cruzó el río de fuego. Luego el joven la puso en la jarra y emprendió el regreso. Al llegar al palacio de su suegra mandó a su criado que sirviera a la dueña de la casa y a sus hijas un opíparo banquete.
Shmat Razum presentó manjares tan abundantes y exquisitos que poco faltó para que la anciana brincase de gozo y ordenó que cada nueve días se diese a la rana tres jarras de leche fresca en pago a sus buenos servicios. Entonces el arquero se despidió de su suegra y emprendió el viaje de regreso en dirección a su casa. Caminó hasta que se sintió rendido de tanto andar y le temblaban las piernas y se le caían los brazos a cada lado.
– ¡Ay! -exclamó.- ¿No ves, Shmat Razum, lo cansado que estoy? Las piernas se niegan ya a sostenerme.
– ¿Por qué no me lo decías antes? Yo te llevaré adónde sea, sano y salvo.
E inmediatamente, el arquero creyó que lo cogía un remolino y que un viento huracanado lo arrebataba por los aires con tal velocidad que se le cayó el sombrero de la cabeza.
– ¡Eh, Shmat Razum! Para un momento. ¡Se me ha caído el sombrero!
– Demasiado tarde, amo. Despídete de él. Tu sombrero está a 5000 millas detrás.
Ciudades y aldeas, ríos y bosques pasaban y desaparecían en un instante bajo los pies del arquero. Y he aquí que pasaron sobre la inmensidad del Océano y Shmat Razum dijo al arquero:
– Si tú me lo permitieses, erigiría una mansión dorada en medio del mar y podrías descansar y ser feliz.
– Hazlo -dijo el arquero, y en vez de seguir adelante descendieron, y las olas se encresparon formando espumas y entre la espuma apareció un islote y en el islote se vio una casa de placer.
Y Shmat Razum dijo al arquero:
– Descansa en esta mansión de placer y mira al mar. Tres naves mercantes se acercarán navegando y se detendrán en este islote. Invita a los tres mercaderes, ofréceles una amable hospitalidad y cámbiame por los tres objetos prodigiosos que poseen. Oportunamente volveré a tu lado.
El arquero estaba observando la inmensa superficie de las aguas, cuando por Poniente aparecieron tres naves navegando. Los mercaderes vieron el islote y la dorada mansión y se dijeron:
– ¡Es prodigioso! ¡Cuántas veces hemos navegado por estos mares sin ver otra cosa que agua, y he aquí que han construido una mansión de placer! ¡Vamos, compañeros, acerquémonos y contemplaremos esa maravilla!
Plegaron las velas y echaron el ancla y los tres mercaderes ocuparon una barquilla y bogaron hacia la costa.
– ¡Eh, buen hombre!
– ¡Hola, mercaderes que vais de paso, hombres de muchos emporios, tened la bondad de venir a verme y conducíos como en vuestra propia casa; divertios y descansad, que esta mansión de placer se ha construido precisamente para huéspedes que naveguen por estos mares!
Los mercaderes entraron y tomaron asiento en escabeles.
– ¡Eh, Shmat Razum! -gritó el arquero.- Sírvenos de comer y de beber.
Apareció la mesa y en la mesa había vinos y manjares deliciosos, no faltando nada de lo que uno pudiera desear. Los mercaderes suspiraban de envidia.
– Podríamos hacer un cambio -dijeron.- Danos tu criado y te daremos la maravilla que más te guste.
– ¿Pues qué cosas maravillosas tenéis?
– Mira y juzga por ti mismo.
Uno de los mercaderes sacó del bolsillo una arquilla y apenas la abrió, un jardín delicioso se extendió por todo el islote, lleno de fragantes flores y atravesado por románticos senderos; pero cuando cerró la arquilla desapareció el jardín por ensalmo.
El segundo mercader sacó de entre los pliegues de sus ropas un hacha y se puso a dar golpes con ella: “¡Rap, tap!”, y salía un barco. “¡Rap, tap!” y salía otro barco. Cien golpes dio y cien barcos salieron, con velamen y cañones y una dotación completa. Las velas se desplegaron, los marineros ocuparon su puesto junto a los cañones y esperaron órdenes del mercader. Este se recreó un momento en su obra, pero luego se guardó el hacha y los barcos desaparecieron de la vista como si nunca hubieran existido.
El tercer mercader tocó un cuerno, sopló por un extremo e inmediatamente apareció un ejército de infantería y de caballería, con cañones y banderas; todos los batallones tenían su banda militar, y las armas de los guerreros resplandecían a la luz del sol como el fuego. El mercader contempló aquello sonriente y luego cogió el cuerno y sopló por el otro extremo, y ya nada se vio: todo el ejército había desaparecido.
– Vuestros objetos prodigiosos están muy bien, pero son de poca utilidad para mí -dijo el arquero.- Esos ejércitos y esas flotas honrarían a un Zar; pero yo no soy más que un pobre arquero. Si queréis cerrar el trato conmigo dadme los tres objetos a cambio de mi invisible criado.
– ¡Sería demasiado!
– Pues no lo cambiaré por menos.
Los mercaderes deliberaron entre sí.
– ¿De qué nos sirven ese jardín, esos ejércitos y esos barcos? Habríamos de ceder, pues al fin y al cabo, nunca nos faltaría buen vino y buena comida sin necesidad de preocuparnos.
Entregaron, pues, al arquero sus tres objetos maravillosos Y dijeron:
– Ahora, Shmat Razum, vendrás con nosotros. ¿Nos servirás con lealtad?
– ¿Por qué no habría de serviros? Mi misión es servir a aquellos con quienes vivo.
Los mercaderes volvieron a sus naves y ofrecieron a sus respectivas tripulaciones el festín más estupendo que puede imaginarse.
– ¡Eh, Shmat Razum! ¡muévete!
Y todos los tripulantes comieron y bebieron hasta no poder más y se quedaron dormidos con profundo sueño. Entretanto, el arquero permanecía en su mansión de placer sumado en tristes reflexiones, y dijo:
– ¡Ah! ¡Se me oprime el corazón pensando en mi fiel criado, Shmat Razum ¿Dónde estará en este momento?
– ¡Aquí estoy, amo!
El arquero se alegró mucho, y dijo:
– ¿No sería hora de volver a casa?
Y apenas lo había dicho, se produjo como un viento de tempestad que lo arrebató por los aires.
Los mercaderes se despertaron y desearon disipar con vino los efectos de su embriaguez.
– ¡Eh, Shmat Razum! ¡Sírvenos un poco de vino para despejar la cabeza!
Nadie contestó ni nadie les sirvió lo que pedían. Por más que gritaron hasta desgañitarse, las cosas permanecieron invariables.
– ¡Está visto, señores, que ese tunante nos ha engañado! ¡Que el diablo lo lleve y que se hunda el islote con su mansión dorada y sus habitantes
Así se lamentaban aquellos hombres y como nada podían hacer, desplegaron las velas y se alejaron con rumbo a su destino.
El arquero volvió volando a su país y descendió en una gran planicie junto al mar azul.
– Oye, Shmat Razum, ¿no podríamos construirnos aquí un castillo?
– ¿Por qué no? Es cosa de un momento.
E inmediatamente surgió un castillo tan magnífico que sería imposible describirlo y dos veces más hermoso que un palacio real. El arquero abrió su arquilla e inmediatamente apareció un jardín que rodeaba el castillo, con senderos que llevaban a todas partes y flores maravillosas. Viéndolo el arquero desde una ventana, estaba a punto de enamorarse del jardín, cuando una paloma voló rauda hasta la ventana, cayó como desplomada al suelo y se transformó en su hermosa mujer. Se abrazaron los dos cariñosamente y la mujer dijo al arquero:
– Desde que saliste de casa he estado volando como una paloma azul por bosques y arboledas. ¡Qué felices seremos viviendo juntos para siempre!
Al día siguiente, el Rey salió muy de mañana a la galería para mirar al mar y cuál no sería su sorpresa al ver junto a la playa un castillo recién construido con un hermoso jardín.
– ¿Quién habrá sido el insolente extranjero que se ha tomado la libertad de construir en mis dominios sin mi permiso?
Salieron a informarse sus mensajeros y volvieron corriendo a decirle que el castillo era del arquero y que éste vivía en él con su mujer. La cólera del Rey subió de punto al oír semejante noticia y ordenó que se reuniese inmediatamente su ejército, se dirigiese en son de guerra a la costa, estropease el jardín, hiciese añicos el castillo y condujese a su presencia el matrimonio.
El arquero vio acercarse el ejército del Rey en son de guerra y que era muy fuerte y numeroso. Sin perder tiempo, cogió el hacha y “¡Rap, Tap!” apareció un barco. Cien golpes dió con el hacha y cien barcos aparecieron en el mar. Entonces cogió el cuerno y sopló por un lado y apareció un ejército de infantería. Volvió a sonar y apareció un ejército de caballería. Los comandantes de todos los cuerpos se acercaron a él esperando órdenes. El arquero mandó empezar la batalla. La música tocó una marcha guerrera, los tambores redoblaban, los regimientos maniobraron arrojándose contra el ejército enemigo. La infantería como un muro inquebrantable rompió el centro. La caballería envolvió las dos alas y cogió prisionera a toda la fuerza, mientras los cañones de los barcos tiraban desde el mar contra la ciudad.
Viendo el Rey que las fuerzas de su ejército que no habían caído prisioneras huían a la desbandada, trató de detenerlos. Pero todo era inútil. En un momento se vio derribado del caballo y su misma caballería le pasó por encima pisoteándolo y producíéndole la muerte.
Terminada la batalla, se reunió el pueblo para pedir al arquero que aceptase el trono que todos te ofrecían. El arquero aceptó y gobernó a sus súbditos en completa paz y prosperidad durante todos los días de su vida.

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