Anda no sé adónde, busca no sé qué

Anda no sé adónde, busca no sé qué (1ª Parte)

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Anda no sé adónde, busca no sé qué

En un imperio que se extendía desde el litoral de un mar azul, vivía una vez un rey soltero que tenía una compañía de arqueros que salían de caza, tirando a cuantos pájaros se les ponían al alcance para proveer de carne la mesa de su señor. En esta compañía servía un joven arquero llamado Fedot, un tirador notable que siempre daba en el blanco, por lo que el rey lo quería más que a los otros. Un día salió el joven de caza muy temprano, al romper el alba. Penetró en un bosque muy espeso y lóbrego y en la rama de un árbol vio una paloma. Fedot tendió el arco, apuntó y disparó. Herida en un ala, la paloma cayó a la húmeda tierra. El tirador la cogió y estaba a punto de retorcerle el cuello y ponerla en su zurrón, cuando oyó que la paloma le hablaba de esta manera:
– Por piedad, joven cazador, no me retuerzas el cuellecito ni me prives de la luz de este mundo. Será mejor que me dejes con vida, que me lleves a casa y me dejes en tu ventanita, y te diré lo que has de hacer. En el momento en que se apodere de mí el sueño, pero fíjate que te digo en el mismo momento, me arrancas con tu mano derecha el ala herida y desde entonces podrás darte por hombre afortunado.
El cazador se quedó tan sorprendido como puede imaginarse.
– ¿Qué es esto? -Pensó.- ¡Mis ojos me dicen que es un ave lo que tengo en las manos, y no obstante oigo que me habla con voz humana! ¡Nunca me había sucedido nada semejante!
Se llevó la paloma, la puso en la ventana y no tuvo que esperar mucho.
Al cabo de un rato vio que el ave escondía la cabeza bajo el ala sana y se quedaba dormida. El arquero levantó su diestra y poco a poco le partió el ala herida. La paloma cayó inmediatamente al suelo y se transformó en una doncella tan hermosa como ojos nunca vieron, ni lengua pudo nunca expresar, ni la imaginación representar jamás en sueños. Y enseguida dirigió la palabra al arquero del rey, diciendo:
– Tú que has tenido bastante talento para conquistarme, tenlo también para vivir conmigo. Tú eres mi marido predestinado, yo soy la mujer que el cielo te tenía deparada.
En un momento estuvieron de acuerdo, Fedot se casó, vivió feliz con su mujer, pero no abandonó el servicio. Cada día, antes de salir el sol, cogía el arco, iba al bosque, cazaba algunos animales y los llevaba a la cocina real. A su mujer le disgustaban aquellas excursiones de caza, y un día te dijo:
– ¡Oye, amigo mío! ¡Me das lástima! Cada día te metes en el bosque, atraviesas charcas y cenagales y vuelves a casa todo mojado, y no por eso vivimos mejor. ¿Qué negocio es ése? En cambio, yo tengo un plan para que los dos salgamos ganando. Tráeme cien o doscientos rublos y lo demás corre de mi cuenta.
Fedot fue a ver a sus compañeros y les pidió prestado a cada uno un rublo hasta que recogió cerca de doscientos rublos, que se apresuró a entregar a su mujer.
– Ahora -le dijo ésta- cómprame con estos rublos seda de varios colores.
El arquero fue y compró con aquellos rublos seda de varios colores. Su mujer cogió el género y dijo a su marido:
– ¡No te preocupes! ¡Reza y échate a dormir que la mañana es más buena consejera que la noche!
Con esto, el marido se durmió mientras que su mujer fue a la galería, abrió el libro de los encantos y al momento se le aparecieron dos jóvenes que le dijeron:
– ¿Qué tienes a bien mandarnos?
– Tomad esta seda y en una hora treedme una alfombra que sea lo más admirable que pueda hallarse en todo el mundo, y bordadme en ella todas las ciudades y las aldeas y ríos y lagos de este reino.
Los dos jóvenes se pusieron a trabajar y bordaron una alfombra que era la maravilla de las maravillas. Al día siguiente, la mujer entregó la alfombra al marido, diciéndole:
– Toma, lleva esto al mercado y véndelo a los comerciantes; pero guárdate bien de regatear. Toma lo que te den por ello.
Fedot cogió la alfombra, la enrolló, se la puso bajo el brazo y se fue al mercado.
El primer comerciante que lo vio se le acercó y le dijo:
– Escúchame, señor mío: ¿no me venderías esa alfombra?
– ¡Con mucho gusto!
– ¿A qué precio?
– Fíjalo tú mismo, ya que frecuentas el mercado y entiendes de esto.
El mercader empezó a pensar y a pensar y no podía fijar el precio de la alfombra por más que se exprimía el cerebro. Pasó por allí otro comprador y se detuvo ante la alfombra, y luego otro y otro, hasta que formaron un grupo numeroso. Todos contemplaban la mercancía expuesta y se quedaban tan admirados, que no lograban fijar el precio. En aquel momento pasó el mayordomo del rey, y al ver el grupo se acercó a enterarse de qué estaban hablando los comerciantes.
– ¿De qué se trata? -les preguntó.
– No sabemos qué precio poner a esta alfombra -le contestaron.
Entonces, el mayordomo se fijó en la alfombra y también se quedó maravillado.
– ¡Escucha, arquero! -dijo.- Dime la verdad: ¿de dónde has sacado esta señora alfombra?
– ¡Mi mujer la ha fabricado!
– ¿Cuánto quieres por ella?
– Ni yo sé lo que vale. Mi mujer me encargó que no regatease, sino que aceptase lo que se me ofreciera.
– ¿Entonces, qué te parece si la ponemos en 10.000 rublos?
El arquero tomó el dinero y entregó la alfombra.
El mayordomo siempre estaba con el rey, y hasta comía y bebía en su compañía. Fue a comer con el rey aquel día y se llevó la alfombra.
– ¿Me hace el honor Su Majestad de mirar la alfombra que he comprado?
El Rey miró la alfombra y vio todo su reino como si lo tuviese en la palma de la mano, lo cual le arrancó un hondo suspiro.
– ¿Pero, qué alfombra es ésta? En mi vida he visto un trabajo tan primoroso. Dime, ¿cuánto quieres por la alfombra?
Y el Rey sacó 25.000 rublos, que entregó al mayordomo y colgó la alfombra en una pared del palacio.
– Esto no es nada para el negocio que voy a hacer ahora -pensó el mayordomo. Y enseguida se fue en busca del arquero, entró en su humilde casita y apenas vio a la mujer del cazador olvidó por completo el objeto que allí lo llevaba. No obstante, el mayordomo se sobrepuso con un gran esfuerzo y se volvió a su casa cabizbajo. Desde entonces no hacía nada a derechas y de noche y de día no pensaba más que en una cosa: en la prodigiosa hermosura de la mujer del arquero.
El Rey advirtió el cambio que en él se había operado y le preguntó:
– ¿Por qué estás afligido? ¿Te ocurre alguna desgracia?
– ¡Ay, mi rey y mi Padre! ¡He visto a la mujer del arquero, una belleza como nunca se ha visto ni se verá en este mundo!
Y tanto se la ponderó, que al mismo rey le acometieron vivos deseos de enamorarla y no pudo reprimir la tentación de ir a verla en persona. Entró a la humilde casita del arquero y se ofreció a su vista una dama de belleza indescriptible. Enseguida sintió que abrasaba su corazón la llama del amor. “¿Por qué he de seguir soltero por más tiempo? -se dijo.- Estoy decidido a casarme con esta beldad. ¡Es demasiado hermosa para un pobre arquero! ¡Basta verla para comprender que ha nacido para Reina”
El Rey volvió a su palacio y dijo al mayordomo:
– Atiende bien: tú que has tenido talento para darme a conocer a esa mujer de belleza indescriptible, has de tenerlo ahora para alejar a su marido. Quiero casarme con ella. ¡Y si no me quitas el estorbo que él representa, ten entendido, que aunque seas mi fiel servidor, te mandaré a la horca!
El mayordomo salió del palacio más afligido que nunca y por mucho que pensaba, no hallaba la manera de deshacerse del arquero. Sumido en sus reflexiones se paseaba por la plaza del mercado y por las calles adyacentes, cuando cierto día se tropezó con una bruja de miserable aspecto.
– ¡Detente, criado del Rey! -le dijo ella.- Veo todos tus pensamientos y sé que necesitas ayuda en el infortunio que te abruma.
– ¡Pues ayúdame, abuelita, y te daré lo que me pidas!
– Has recibido del Rey el encargo de deshacerte de Fedot el arquero. No es tarea fácil, porque si él es tonto, su mujer es demasiado lista. Si me quieres creer, encargadle una misión que sea de fácil cumplimiento. Anda a ver al Rey y dile que ordene al arquero que vaya no sé dónde y traiga no sé qué. Es un encargo que no hay miedo que pueda cumplir en su vida, por mucho que viva; o caerá en la tumba del olvido, o, si vuelve, será sin brazos ni piernas.
El mayordomo pagó con oro el consejo de la bruja y se apresuró a volver a presencia del Rey, y el Rey ordenó al arquero que compareciese ante él.
– ¡Hola, Fedot! Tú que eres mi joven guerrero y el primero de mis arqueros, has de encargarte de hacerme este favor. Ve no sé adónde y tráeme no sé qué. Pero ten entendido que, si no me traes lo que te pido, te haré cortar la cabeza.
El arquero dió media vuelta, abandonó el palacio y volvió a su casa muy triste y pensativo. Al verlo su mujer le preguntó:
– ¿Por qué estás tan triste, querido? ¿Te ha pasado alguna desgracia?
– El Rey me ha mandado no sé adónde a buscar no sé qué. ¡Tu hermosura ha acarreado sobre nosotros esta desgracia!
– Realmente, es un favor de difícil cumplimiento. Se necesitan nueve años para ir y nueve para volver, dieciocho años en suma, y sabe Dios si aún así podrás cumplir el encargo.
– ¿Pues qué he de hacer y qué será de mí?
– Reza y échate a dormir que la almohada es buena consejera. Mañana lo sabrás todo.
El arquero se echó a dormir y su mujer veló hasta media noche, abrió el libro de los hechizos e inmediatamente se le aparecieron los dos jóvenes.
– ¿Qué tienes a bien ordenarnos?
– ¿Sabéis qué ha de hacerse para ir no sé adónde y traer no sé qué?
– No, no lo sabemos.
Ella cerró el libro y los dos jóvenes desaparecieron de su vista. Por la mañana, la mujer del arquero despertó a su marido y te dijo:
– Ve a ver al Rey y pídele oro de su tesoro para el viaje. No olvides que has de hacer una peregrinación de dieciocho años. Cuando tengas el oro, vuelve a despedirte de mí.

El arquero fue a ver al Rey, recibió una bolsa llena de dinero y volvió a despedirse de su mujer. Ésta le dio un pañuelo de bolsillo y una pelota, y le dijo:
– Cuando salgas de la ciudad, tira esta pelota delante de ti y doquiera vaya rodando, síguela. Aquí tienes mi pañuelo; cuando te bañes, dónde quiera que sea, sécate la cara con él.
El arquero se despidió de su mujer y de sus compañeros, y después de inclinarse en profunda reverencia a los cuatro lados, salió de la ciudad. Arrojó la pelota por delante y la pelota rodó y rodó, seguida siempre por él.
Transcurrió así uno o dos meses y entonces el Rey llamó al mayordomo y le dijo:
– El arquero ya está lejos y vagará por este mundo durante dieciocho años. Seguramente no volverá vivo. Dieciocho años no son semanas y quién sabe si no le ha ocurrido ya alguna desgracia. Ve, pues, a casa del arquero y trae a su mujer al palacio.
El mayordomo fue a casa del arquero, entró en el aposento de la mujer hermosa y le dijo:
– ¡Oh, tú, mujer discreta! ¡El Rey ordena que te presentes a la corte!
Y fueron los dos a la corte. El Rey la recibió lleno de gozo y la condujo a sus dorados salones, donde le propuso:
– ¿Quieres ser Reina? ¡Me casaré contigo!
– ¿Cuándo se ha visto ni cuándo se ha oído que se case uno con una mujer ya casada? Mi marido es un simple arquero, mas no por eso deja de ser mi esposo legal.
– ¡Si no te avienes a las buenas te tomaré a la fuerza!
Pero la hermosa mujer se echó a reír, golpeó el suelo con un pie, se transformó en paloma y salió volando por la ventana.
El arquero atravesó muchos países y reinos, siempre corriendo tras de la pelota, que no cesaba de rodar. Cuando llegaban a un río, la pelota se alargaba hasta formar un puente, y cuando el arquero necesitaba descansar, la pelota se convertía en un blando colchón. Si así transcurrió mucho o poco tiempo, pronto está dicho, pero no hecho, y bastará que digamos que por fin llegó el arquero ante un grande y suntuoso palacio, y que la pelota rebotó contra la puerta y desapareció.
El arquero comprendió que aquello era una indicación y pensó: “Entraré y veremos qué pasa”. Y subió la escalera que lo condujo a una habitación donde halló tres hermosas doncellas.
– ¿Cómo y de dónde has llegado aquí, buen hombre? -le preguntaron.
– ¡Ay, amables damas! Antes de invitarme a descansar de mi largo viaje, me atormentáis a preguntas. ¡Saciad mi hambre y apagad mi sed y luego os contaré mis aventuras!
Inmediatamente pusieron la mesa y le sirvieron de comer y de beber y le prepararon un lecho donde descansar. El arquero estaba rendido y se durmió y cuando dejó el blando lecho, las amables damas le trajeron un aguamanil y una toalla bordada para lavarse. Se lavó en agua fresca, pero rechazó la toalla.
– Yo tengo mi pañuelo para secarme la cara ­dijo. Y sacó él pañuelo y empezó a secarse, mientras las atentas damiselas lo acosaban a preguntas:
– Dinos, buen hombre: ¿de dónde has sacado ese pañuelo?
– Mi mujer me lo dio.
– Entonces, te habrás casado con una de nuestra familia.
Llamaron a su anciana madre, que al ver el pañuelo, enseguida lo reconoció y exclamó:
– ¡No hay duda que es el pañuelo de mi hija!
Sometió al arquero a un vivo interrogatorio, y éste le explicó cómo se había casado con su hija y cómo el Rey lo había mandado no sabía adónde a buscar no sabía qué.
– ¡Ay mi querido yerno! Ni yo tengo noticias de esa maravilla, pero tal vez mis siervos, sepan algo.
Entonces, la anciana fue en busca de su libro de hechizos, lo abrió e inmediatamente aparecieron dos gigantes.
– ¿En qué podemos complacerte? ¡Mándanos!
– Gracias, mis fieles servidores. Llevadme en compañía de mi yerno al anchuroso Océano y dejadnos en el mismo centro, en mitad del abismo.
Apenas acabó de hablar, los gigantes cogieron a la anciana y al arquero y los arrebataron como en alas de un huracán al mismo centro del anchuroso Océano, en mitad del abismo. Allí se detuvieron como dos enormes columnas, sosteniendo en sus brazos a la anciana y al arquero. Entonces gritó la mujer con todo su alma, y acudieron a su lado todos los peces que nadan y todo animal que se arrastra por el fondo del mar, de tal modo, que las azules aguas apenas se veían a través de aquella multitud.
– Atended, peces que nadáis y crustáceos que os arrastráis. Vosotros, que vais nadando o trepando a todas partes, ¿habéis oído por casualidad cómo se va no sé adónde a buscar no sé qué?
Y todos los peces y todos los crustáceos respondieron a una voz:
– No, nunca hemos oído eso.
De pronto, una rana coja se abrió paso entre la multitud y dijo:
– ¡Croá, croá! Yo sé dónde se halla esa maravilla.
– Magnífico, querida, eso es precisamente lo que deseo saber -dijo la anciana. Y cogiendo la rana ordenó a los gigantes que los volvieran con ella a casa.
En un santiamén se encontraron en el patio del palacio, donde la anciana preguntó a la rana:
– ¿Cómo y por qué camino ha de ir mi yerno?
A lo que contestó la rana:
– Ese lugar se halla lejos, muy lejos; al final del mundo. Con mucho gusto lo acompañaría, pero soy tan vieja, que apenas puedo estirar las piernas. No llegaría allí ni en cincuenta años.
La mujer mandó traer una gran jarra, la llenó de leche fresca y metió dentro a la rana, mientras decía a su yerno:
– Lleva esta jarra en la mano y te enseñará el camino la rana.
El arquero tomó la jarra con la rana, se despidió de su suegra y de sus cuñadas y reanudó el viaje. Anda que andarás, anda que andarás en la dirección que le indicaba la rana, no importa decir si el viaje fue corto o largo, el caso es que llegaron ante el río de fuego, y que a la otra parte de este río se levantaba una montaña muy alta y que en esta montaña se veía una puerta.
– ¡Croá, croá! -dijo la rana.- Sácame de la jarra, que hemos de cruzar el río.
El arquero la sacó de la jarra y la dejó en el suelo.
– Ahora, amigo, siéntate encima de mí. Con más fuerza y sin miedo; no me aplastarás.
El joven se sentó oprimiendo a la rana hasta prensarla contra la tierra. La rana empezó a inflarse, a inflarse hasta que fue tan grande como un almiar. El arquero sólo pensaba en el peligro de caer, porque se decía: -“Si caigo soy hombre muerto”.
Cuando la rana se hubo inflado del todo, saltó y de un solo brinco llegó a la orilla opuesta del río, donde volvió a recobrar las pequeñas dimensiones de antes.
– Ahora, joven -dijo al arquero,- entra por esa puerta y yo te esperaré aquí. Cuando estés dentro de la caverna a que da acceso, procura esconderte bien. No tardarán en presentarse dos viejos, escucha lo que dicen y mira lo que hacen, y cuando se marchen, di y haz lo mismo que ellos.
El arquero llegó a la montaña, abrió la puerta y se encontró en una caverna oscura donde nada se veía. La recorrió a tientas hasta que tropezó con un arca vacía donde se escondió. Poco tiempo hacía que estaba en el arca cuando entraron dos viejos y dijeron:
– ¡Eh, Shmat Razum, danos de comer!
Inmediatamente, sin saber cómo, un relámpago encendió unos candelabros, se oyó el chocar de fuentes y de platos y sobre una mesa aparecieron diversos manjares y varias botellas de vino. Los dos viejos comieron y bebieron hasta saciarse y luego ordenaron:
– ¡Shmat Razum! Quita todo esto.
E inmediatamente desaparecieron la mesa, las botellas y los platos y se apagaron las luces. El arquero oyó que los dos viejos se marchaban, salió del arca y gritó:
– ¡Eh, Shmat Razum!
– ¿Qué quieres de mí?
– Dame de comer.
En un abrir y cerrar de ojos apareció todo ante sus atónitos ojos. Los candelabros encendidos, la mesa puesta y llena de manjares y de botellas de vino. El arquero se sentó a la mesa y dijo:
– ¡Eh, Shmat Razum! Ven, hermano, siéntate y comamos y bebamos juntos. No podría yo comer mientras tú ayunases.
Y la voz del ser invisible le contestó:
– ¡Ay, buen hombre! Dios te ha enviado sin duda. Hace treinta años que estoy sirviendo fielmente a esos dos viejos y nunca me han invitado a sentarme con ellos.
El arquero miró a todas partes y se asustó. No veía a nadie, pero los manjares desaparecían de los platos como si una boca invisible se los tragase, y las botellas de vino se levantaban solas vertiéndose en las copas, que se vaciaban en un momento. El arquero seguía comiendo y bebiendo y entre bocado y bocado dijo:
– Oye, Shmat Razum: ¿quieres ser mi criado? Te distraerás mucho conmigo.
– ¿Por qué no? Aquí no hago más que aburrirme solemnemente v además veo que eres un buen hombre.
– Pues, arréglate y ven conmigo.
El arquero salió de la cueva, miró en torno y no vio a nadie.
– Shmat Razum, ¿estás aquí?
– ¡Presente! No tengas miedo, que nunca he de abandonarte.
– ¡Magnífico! -aprobó el arquero. Y dicho esto, se sentó encima de la rana.

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