Alí Babá y los cuarenta ladrones

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Alí Babá y los cuarenta ladrones

Hace tiempo en una pequeña ciudad oriental vivían dos hermanos con sus respectivas familias: el mayor llamado Kasim codicioso, egoísta, gozaba de buena posición, en cambio el más pequeño Alí Babá, que tenía por oficio ser leñador era muy pobre pero generoso y honesto.

Un día en que Alí Babá se encontraba en el bosque cortando leña, oyó un tropel de caballos, asustado se subió a un árbol para no ser visto y averiguar de qué se trataba, en seguida comenzaron a desfilar debajo de él una considerable retahíla de caballos con sus correspondientes jinetes, contó hasta cuarenta, cada uno trasportaba enormes bolsas llenas de objetos de oro y piedras precioso, comprendió que se trataba de ladrones, llegaron al pie de una montaña y el que encabezaba la comitiva dijo las siguientes palabras: “¡ábrete sésamo!” en medio de un tremendo estruendo, que casi hace caer del árbol a Alí Babá, comenzó a abrirse una abertura en la roca y penetraron todos los ladrones, se oyó de nuevo la voz del jefe de los ladrones: ¡ciérrate sésamo! y todos desaparecieron de la vista del leñador, poco después volvió a repetir la misma escena, a las palabras de ¡ábrete sésamo! salieron todos los ladrones, esta vez con las alforjas vacías y al grito de ¡ciérrate sésamo! la montaña quedó sin el menor rastro de resquicio.

Después de meditar un buen rato y movido por la curiosidad y el deseo de quitar algunas monedas a los ladrones que aliviaran su pobreza, Alí Babá se acercó a la roca y pronunció las palabras mágicas: ¡ábrete sésamo! ante los atónitos ojos del leñador se abrió una abertura en la montaña, encendió una lámpara que había en la entrada y penetro en su interior, lo que vio y sintió Alí Babá es indescriptible, ante él apareció el más variado e inmenso tesoro que jamás existiera en el mundo. Convencido de que los ladrones no lo notarían, cogió un pequeño saquito y lo llenó con algunas monedas y joyas de gran valor.
En el camino de regreso a su casa, paro en una sastrería y se compró un traje nuevo, solo tenía el que llevaba puesto y estaba todo raído. En seguida Kasim malintencionado y envidioso por naturaleza, notó que algo extraordinario había pasada en la rutinaria vida de su hermano, intentó sonsacarle sin éxito, pero fue tanta su insistencia que finalmente consiguió vencer la resistencia del pequeño que terminó contándole lo ocurrido.

Kasim avaro y envidioso como era, preparó cuantas mulas pudo y corrió hasta la montaña señalada por Alí Babá, cuando llegó pronunció las palabras que su hermano le había dicho: ¡ábrete sésamo! y en seguida la montaña le obedeció, el hombre se precipitó ansioso en su interior y el estupor ante tan inmensa riqueza le paralizó durante unos segundos, pero enseguida reaccionó y se puso manos a la obra cerró la entrada a la orden ¡ciérrate sésamo!, y tranquilamente cargó las mulas llenas de alforjas y sacos, hasta las orejas; todo le parecía poco también entre sus ropas metió cuantas piedras preciosas podía esconder y disimular, pero cuando se dirigía a la salida cayó en la cuenta de que no recordaba las palabras mágicas, “era el nombre de alguna semilla” –pensó.

¡Ábrete trigo!
¡Ábrete cebada!
¡Ábrete alpiste!

Y siguió probando con otros muchos nombres sin acierto, hasta que le embargó el terror al oír que volvían los ladrones, y no sin razón, pues nada más reparar en su presencia le cortaron la cabeza sin ninguna consideración.

Alí Babá que estaba al corriente de los planes de su hermano, extrañado por su tardanza, se dirigió a la montaña en su busca, cuan entró se lo encontró muerto y con la cabeza desprendida del cuerpo, recogió las dos partes y se lo llevó a la aldea para darle cristiana sepultura. Con la complicidad de Luzmina, una inteligente esclava le enterraron con la máxima discreción.

Cuando los ladrones volvieron de muevo a la cueva y vieron que el cuerpo de Kasim ya no se encontraba allí, dedujeron que alguien más estaba al corriente de su secreto y, decidieron encontrar al intruso como fuera y eliminarlo como al anterior, uno de ellos se dirigió al pueblo para hacer las averiguaciones pertinentes; cuando llegó se puso a preguntar a los aldeanos:

-¿Se ha producido alguna defunción recientemente?
-Sí ayer mismo enterramos a Kasim.
-Y, ¿sabes dónde vivía?
-¡Ven! te señalaré la casa.

Entonces el ladrón, muy ocurrente él, hizo una cruz en la puerta para distinguirla del resto y se fue muy satisfecho de su gestión, a contar lo ocurrido a su jefe.

Mientras tanto la inteligente y fiel Luzmina sospechando algo al ver la señal se tomó la molestia de hacer la misma cruz en todas las casas del pueblo. Cuando llegaron los ladrones por la noche se oía como un susurro por doquier:

-¡Jefe! está aquí la casa que buscamos, porque hay una cruz.
-No, es aquí donde está la cruz.
-Aquí hay otra cruz.
-Y aquí también hay otra cruz….

Y tuvieron que marcharse indignados y avergonzados admitiendo su derrota ante alguien más inteligente que ellos.

Al día siguiente fue el mismísimo jefe de los ladrones el encargado de averiguar quién estaba enterado de la existencia de su tesoro, cuando lo consiguió lejos de hacer ninguna seña, grabó bien en la memoria, el recorrido y la casa. Se disfrazó de vendedor de aceite cargó veinte mulas con dos enormes tinajas cada una, y en el interior de cada tinaja se escondió un ladrón hasta completar los treinta y nueve, como le sobraba una la llenó de aceite por si tenía que justificar su carga. El jefe de los ladrones les indicó: “saldréis todos, a una señal mía”.

Llamó a la puerta de Alí Baba pidiendo cobijo para pasar la noche, algo que naturalmente no le fue negado, se le dio alojamiento dentro de la casa y las tinajas fueron depositadas en la bodega para que los mulos pasaran la noche descansados. Cuando necesitaron encender las lámparas Luzmina se dio cuenta de que faltaba aceite y bajó a la bodega a coger un poco prestado, golpeó la vasija para calcular el alcance de su contenido y entonces, de su interior se hoyo una voz que dijo:
“¿Es hora ya?” En principio la muchacha casi se cayó del susto, pero como era muy lista se sobrepuso al instante y respondió con voz fingida:
-¡Ya llegará!”. Y así una tras otra fue golpeando las vasijas, obteniendo el mismo resultado:

-¿Es hora ya?
-¡Ya llegará!
-¿Es hora ya?
-¡Ya llegará!

Corrió donde estaba su dueño con un enorme tronco de madera y golpeó al jefe de los ladrones con tal fuerza que cayó desplomado perdiendo el conocimiento.

-¿Por qué tratas tan mal a mis huéspedes? -dijo indignado Alí Babá.

Luzmina le quito el disfraz y entonces Alí Babá comprendió el motivo. Todos los ladrones fueron atrapados y recibieron su justo castigo.

Un día Alí Babá cogió un pequeño saquito y se dirigió a la roca para coger unas cuantas monedas, pero contempló con asombro y algo de decepción que había desaparecido.

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